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Entradas con la etiqueta ‘Palmira’

La ciudad  de Palmira y sus habitantes, a pesar de ser de origen semita, fueron adoptando cada vez más los modelos políticos, sociales y culturales romanos, sin abandonar los rasgos culturales propios.

Esta romanización quedó patente sobretodo a nivel arquitectónico, con la construcción de espectaculares edificios públicos de estilo clásico pero dotados de elementos específicos orientales, la cual cosa dio lugar a un estilo ecléctico muy característico y que hoy en día son los iconos de la ciudad e incluso de la misma Siria: el fastuoso Templo de Bel, dedicado a esta divinidad semítica asimilada a Zeus y Júpiter, pero también a otras dos divinidades locales, Yarhibol (dios solar) y Aglibol (dios lunar).

La Gran Columnata, con una longitud de 1’2 km. que atraviesa la ciudad en dirección NO-SE (aunque no presenta un eje continuo, sino que se advierten diferentes giros y tramos provocados por los diferentes momentos de construcción) y que es el verdadero eje urbanístico y organizativo de la vida de la ciudad, a lo largo de la cual se fueron construyendo los diferentes edificios públicos y civiles como el teatro, el Nimfeo, el Ágora, las termas de Diocleciano, el Tetrapilon (uno de los más bellos y elegantes monumentos del Oriente romano), hasta llegar al Campo de Diocleciano, un campamento militar construido durante la ocupación romana de la ciudad por orden de Sosiano Hierocles, gobernador de Siria bajo Diocleciano, y desde el cual se domina toda la ciudad, totalmente amurallada en este mismo periodo.
La prosperidad de Palmira y la riqueza conseguida por sus habitantes gracias al comercio caravanero está presente no sólo en la belleza de sus edificios públicos y sus grandes avenidas llenas de estatuas destinadas a su deleite en vida, sino que también queda patente su magnífica fortuna en las tumbas que se construyeron alrededor de la ciudad, originales por su forma y espectaculares por su rica decoración, lo que da una idea de lo que llegaron a poseer en vida.

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Latakia es el gran puerto de Siria. Es el lugar en el que el país se asoma al mar, un mar que a lo largo de los siglos, contribuyó a forjar las diferentes culturas que se han dado cita en este territorio.
En la actualidad Latakia es una ciudad tranquila, un excelente destino de playa, en la que proliferan hoteles al borde del mar y el lugar por excelencia de los Sirios que quieren disfrutar de las aguas azules del mediterráneo.

Cuando un turista llega a Siria, se le ofrecen mil maravillas: los bazares de la capital, Damasco, las impresionantes ruinas de Palmira, la cinta azul del río Eufrates que atraviesa en silencio el desierto y lo parte en dos riberas, el gran anfiteatro romano de Bosra, la mole imponente del castillo medieval del Crak des Chevaliers, las refinadas casas turco otomanas y la grandiosa ciudadela de Alepo, las norias gimientes de Hama sobre las aguas verdes del Orontes, las ciudades muertas bizantinas, las estilizadas y elegantes columnas de Apamea, las sagradas iglesias de Maalula y de Seidnaya, así como las reveladoras excavaciones arqueológicas de Mari o de Ebla, tesoros todavía escondidos bajo el barro y el polvo de los siglos.
Todos estos lugares fascinan los ojos de aquel que por primera vez descubre un país lleno de lugares espectaculares e insospechados. Pero le falta algo, echa de menos algo que se percibe en el aire y en la luz pero que a primera vista no ve: el mar.

Latakia en la historia

Para visitar el mar de Siria, el mejor lugar sin duda donde hacerlo es en Latakia, la capital de la franja costera de 175 Km. que convierte a Siria, a pesar de su enorme vientre de desierto, en un país mediterráneo.
Ciudad moderna y dinámica, Latakia es actualmente el gran puerto de la Siria contemporánea, pero sus orígenes son bien antiguos, y se remontan a la época en que los fenicios comerciaban por el Mediterráneo sin rivales (s. X aC.). Pero su verdadera historia no empieza si no con la llegada a Siria de las tropas del conquistador macedonio Alejandro Magno en el siglo IV aC. El año 333 aC., después de la batalla de Issos donde Grecia triunfó definitivamente sobre los persas que ocupaban oriente, Alejandro Magno se hizo dueño del levante mediterráneo y de Egipto, hasta ese momento provincias de un mastodóntico y débil imperio persa.
Después de su muerte, el imperio de Alejandro se dividió entre sus generales –los Diadocos– y el territorio sirio cayó en manos de Seleucos (rey entre 331 y 281 aC.).
Éste, ansioso de construirse una nueva capital, escogió el pequeño pueblo costero de origen fenicio y decidió convertirlo en una gran ciudad helenística: la aldea, centro de una importante comarca agrícola y pesquera, a los pies de las famosas montañas de Ansariyye, pronto se des- arrolló con fuerza y ambición y fue rebautizada con el nombre de la querida madre del rey Seleuco, la princesa Laodicea, en homenaje suyo, en recuerdo eterno, y por amor.

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Palmira es, quizá, el punto álgido del viaje a Siria, como lo son las pirámides en Egipto o Petra en Jordania; pero el viaje a Palmira no es sólo una visita a unas antiguas ruinas, sino que a lo largo de los 240 km. que la separan de Damasco, el viajero tiene la oportunidad de acercarse a ella no sólo en la distancia sino también en el tiempo.
Tras dejar atrás la bulliciosa vida urbana de la capital, uno se adentra en un mundo diferente, el de la estepa síria, llana e ilimitada, cuya monotonía lo acompaña imperturbablemente y, de forma casi hipnótica, le ayuda a retroceder hacia el pasado.
La visión de manadas de camellos salvajes, de rebaños de ovejas y cabras o de tiendas de nómadas que se distinguen durante el recorrido aún hacen más patente esa sensación y hacen pensar en las caravanas que antaño circulaban por estas mismas tierras, en la misma dirección y por la misma geografía que hoy lo hacemos nosotros, cargadas de los más lujosos productos y que, al igual que hoy en día, su objetivo era el mismo: llegar a la fastuosa ciudad, descansar en su rico oasis, disfrutar de los lujos que allí les esperaban y quedarse atónitos ante cada uno de los imponentes monumentos que se encontraban al llegar: arcos triunfales, baños, teatro, tiendas, templos…

En la ruta de las caravanas

Pero Palmira no siempre fue así; las primeras pruebas de un asentamiento en este lugar datan del inicio del II milenio cuando es mencionada en los anales de los reyes asirios o en los archivos de Mari.Sin duda, su fundación en este lugar fue debida a la existencia de un gran y rico oasis de palmeras, de donde proviene su nombre original semítico, Tadmor (palmera) y su versión clásica, Palmira.
Gracias a ello, este primer asentamiento se convirtió rápidamente en un lugar idóneo de cara al comercio caravanero, ya que unía las rutas de Mesopotamia y la India y China con las del Mediterráneo, conectando con Anatolia y Egipto.
La prosperidad de Palmira y la riqueza conseguida por sus habitantes gracias al comercio caravanero está presente no sólo en la belleza de sus edificios públicos y sus grandes avenidas llenas de estatuas destinadas a su deleite en vida, sino que también queda patente su magnífica fortuna en las tumbas que se construyeron alrededor de la ciudad, originales por su forma y espectaculares por su rica decoración, lo que da una idea de lo que llegaron a poseer en vida. 

 Las espectaculares ruinas de Palmira reciben a miles de turistas al año atraídos por su belleza incomparable, por su extraordinario estado de conservación y,como no, por el exotismo que desde siempre ha desprendido esta ciudad y la ama de su más ilustre dirigente, Zenobia, la reina de Palmira, una mujer que fué capaz de oponerse al todopoderoso imperio romano y a la que en más de una ocasión se la ha denominado la “Cleopatra Siria”. 

Los monumentos de Palmira han parecido las inclemencias del tiempo, el deterioro provocado por el hombre y por las fuerzas de la naturaleza en forma de violentos terremotos y fuertes vientos que erosionan sus históricas piedras. Pero para quien suba al castillo árabe que domina la ciudad y desde allí contemple la imponente silueta de la ciudad, comprenderá que, aunque haga años que las ricas caravanas no circulen por sus calles y que en el teatro no se oigan los aplausos de los distinguidos nobles de la ciudad, Palmira continúa siendo una de las ciudades más espectaculares de la antigüedad clásica.  

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 Pocas ciudades del mundo pueden presumir de un patrimonio arquitectónico tan variado e importante, ya que, desde el siglo XII hasta la época otomana, cada siglo ha dejado su marca: caravanserrallos, mezquitas, hospitales, baños, madrassas, todo imbrincado entre las callejuelas cubiertas y entre tiendas de todo tipo donde es posible encontrar cualquier cosa, desde dátiles de Palmira, juguetes de la China, especias, alfombras persas, perfumes, ropas, oro, joyas, telas, carnes, gorros, cobres, verduras, manteles, cuerdas, instrumentos musicales, souvenirs, pneumáticos o helados que gentes venidas de todas partes de Siria venden a gritos y en un bullicioso ritmo entre cabalgaduras, coches, carromatos y un torbellino de colores y olores que no dejan indiferente a nadie.
El bazar de Alepo engulle enseguida al visitante con su magia y continua siendo un auténtico mercado oriental

 

La visita a este impresionante y laberíntico zoco que ocupa dos hectáreas de extensión es siempre una experiencia chocante, puesto que el bazar de Alepo engulle en seguida al visitante con su magia y continua siendo un auténtico mercado oriental que el escaso pero selecto turismo que visita Siria no ha conseguido –por ahora– ni desvirtuar ni corromper.

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