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Latakia es el gran puerto de Siria. Es el lugar en el que el país se asoma al mar, un mar que a lo largo de los siglos, contribuyó a forjar las diferentes culturas que se han dado cita en este territorio.
En la actualidad Latakia es una ciudad tranquila, un excelente destino de playa, en la que proliferan hoteles al borde del mar y el lugar por excelencia de los Sirios que quieren disfrutar de las aguas azules del mediterráneo.
Cuando un turista llega a Siria, se le ofrecen mil maravillas: los bazares de la capital, Damasco, las impresionantes ruinas de Palmira, la cinta azul del río Eufrates que atraviesa en silencio el desierto y lo parte en dos riberas, el gran anfiteatro romano de Bosra, la mole imponente del castillo medieval del Crak des Chevaliers, las refinadas casas turco otomanas y la grandiosa ciudadela de Alepo, las norias gimientes de Hama sobre las aguas verdes del Orontes, las ciudades muertas bizantinas, las estilizadas y elegantes columnas de Apamea, las sagradas iglesias de Maalula y de Seidnaya, así como las reveladoras excavaciones arqueológicas de Mari o de Ebla, tesoros todavía escondidos bajo el barro y el polvo de los siglos.
Todos estos lugares fascinan los ojos de aquel que por primera vez descubre un país lleno de lugares espectaculares e insospechados. Pero le falta algo, echa de menos algo que se percibe en el aire y en la luz pero que a primera vista no ve: el mar.
Latakia en la historia
Para visitar el mar de Siria, el mejor lugar sin duda donde hacerlo es en Latakia, la capital de la franja costera de 175 Km. que convierte a Siria, a pesar de su enorme vientre de desierto, en un país mediterráneo.
Ciudad moderna y dinámica, Latakia es actualmente el gran puerto de la Siria contemporánea, pero sus orígenes son bien antiguos, y se remontan a la época en que los fenicios comerciaban por el Mediterráneo sin rivales (s. X aC.). Pero su verdadera historia no empieza si no con
la llegada a Siria de las tropas del conquistador macedonio Alejandro Magno en el siglo IV aC. El año 333 aC., después de la batalla de Issos donde Grecia triunfó definitivamente sobre los persas que ocupaban oriente, Alejandro Magno se hizo dueño del levante mediterráneo y de Egipto, hasta ese momento provincias de un mastodóntico y débil imperio persa.
Después de su muerte, el imperio de Alejandro se dividió entre sus generales –los Diadocos– y el territorio sirio cayó en manos de Seleucos (rey entre 331 y 281 aC.).
Éste, ansioso de construirse una nueva capital, escogió el pequeño pueblo costero de origen fenicio y decidió convertirlo en una gran ciudad helenística: la aldea, centro de una importante comarca agrícola y pesquera, a los pies de las famosas montañas de Ansariyye, pronto se des- arrolló con fuerza y ambición y fue rebautizada con el nombre de la querida madre del rey Seleuco, la princesa Laodicea, en homenaje suyo, en recuerdo eterno, y por amor.