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Entre los ríos y valles que surcan Siria, destaca por su importancia económica, social pero también histórica el Valle del Eufrates.
Es un río mítico ya citado por las fuentes clásicas que tanto su gran caudal como el valle que genera es espacio idóneo para el desarrollo económico, tanto agrícola como industrial.
Pero históricamente el río Eufrates es también muy importante por que en su valle y laderas se concentran un nú- mero muy importante de grandes yacimientos arqueológicos.
Sin duda entre los mas conocidos son los de la ciudad del III y IIº milenio de Mari (tell Hariri) cerca de la ciudad actual de Deir eh Zhor en la parte baja del Valle o la cercana ciudad de Dourha Europos (Salhiye), con restos impresionantes de restos arqueologicos greco-romanos.
Pero también es verdad que todo el valle esta jalonado de asentamientos históricos, desde los tiempos mas remotos. Muchos de estos asentamientos son actualmente conocidos y en curso de estudio, pero quedan asimismo bastantes yacimientos arqueológicos por analizar y estudiar.
La excavación del yacimiento Tell Halula ha proporcionado restos de un poblado de unos 9000 años de antigüedad, y por tanto sus informaciones nos ayudan a entender una de las mayores problemáticas históricas de la humanidad: el nacimiento de la agricultura y ganadería.
Hay que recordar que el Valle del Eufrates es uno de los pocos enclaves del Próximo Oriente donde se documenta esta innovación y que son estas regiones del Levante Mediterráneo, donde esta transformación se da con mayor antigüedad del mundo y fruto de un proceso de transformación plenamente autóctono.
Es por ello que Siria tiene una documentación excepcional para el estudio y conocimiento del origen de la civilización.
Latakia es el gran puerto de Siria. Es el lugar en el que el país se asoma al mar, un mar que a lo largo de los siglos, contribuyó a forjar las diferentes culturas que se han dado cita en este territorio.
En la actualidad Latakia es una ciudad tranquila, un excelente destino de playa, en la que proliferan hoteles al borde del mar y el lugar por excelencia de los Sirios que quieren disfrutar de las aguas azules del mediterráneo.
Cuando un turista llega a Siria, se le ofrecen mil maravillas: los bazares de la capital, Damasco, las impresionantes ruinas de Palmira, la cinta azul del río Eufrates que atraviesa en silencio el desierto y lo parte en dos riberas, el gran anfiteatro romano de Bosra, la mole imponente del castillo medieval del Crak des Chevaliers, las refinadas casas turco otomanas y la grandiosa ciudadela de Alepo, las norias gimientes de Hama sobre las aguas verdes del Orontes, las ciudades muertas bizantinas, las estilizadas y elegantes columnas de Apamea, las sagradas iglesias de Maalula y de Seidnaya, así como las reveladoras excavaciones arqueológicas de Mari o de Ebla, tesoros todavía escondidos bajo el barro y el polvo de los siglos.
Todos estos lugares fascinan los ojos de aquel que por primera vez descubre un país lleno de lugares espectaculares e insospechados. Pero le falta algo, echa de menos algo que se percibe en el aire y en la luz pero que a primera vista no ve: el mar.
Latakia en la historia
Para visitar el mar de Siria, el mejor lugar sin duda donde hacerlo es en Latakia, la capital de la franja costera de 175 Km. que convierte a Siria, a pesar de su enorme vientre de desierto, en un país mediterráneo.
Ciudad moderna y dinámica, Latakia es actualmente el gran puerto de la Siria contemporánea, pero sus orígenes son bien antiguos, y se remontan a la época en que los fenicios comerciaban por el Mediterráneo sin rivales (s. X aC.). Pero su verdadera historia no empieza si no con
la llegada a Siria de las tropas del conquistador macedonio Alejandro Magno en el siglo IV aC. El año 333 aC., después de la batalla de Issos donde Grecia triunfó definitivamente sobre los persas que ocupaban oriente, Alejandro Magno se hizo dueño del levante mediterráneo y de Egipto, hasta ese momento provincias de un mastodóntico y débil imperio persa.
Después de su muerte, el imperio de Alejandro se dividió entre sus generales –los Diadocos– y el territorio sirio cayó en manos de Seleucos (rey entre 331 y 281 aC.).
Éste, ansioso de construirse una nueva capital, escogió el pequeño pueblo costero de origen fenicio y decidió convertirlo en una gran ciudad helenística: la aldea, centro de una importante comarca agrícola y pesquera, a los pies de las famosas montañas de Ansariyye, pronto se des- arrolló con fuerza y ambición y fue rebautizada con el nombre de la querida madre del rey Seleuco, la princesa Laodicea, en homenaje suyo, en recuerdo eterno, y por amor.