Entradas con la etiqueta ‘damasco’
Uno de los grandes atractivos de un viaje a Siria y Jordania es la posibilidad de poder realizar diferentes viajes en uno solo; podemos visitar los orígenes de la civilización en yacimientos como Mari o Ebla, momentos clave en el desarrollo humano como el de la aparición del alfabeto en Ugarit, episodios bíblicos como la muerte de Moisés en el Monte Nebo o la expansión de las grandes religiones monoteístas como el cristianismo, a partir de la conversión de San Pablo en Damasco y la del Islam por todo Oriente hasta dejar su huella en la Península durante el califato omeya.
Pero además de todos estos viajes, aún podemos hacer otro más:
un viaje a un tiempo en el que dos imperios, dos religiones y dos maneras de entender el mundo se enfrentaron durante doscientos años por sus ideales, pero también por razones más pragmáticas como el control de las rutas comerciales y los productos que por ellas circulaban: un viaje al tiempo de las Cruzadas, de los caballeros, de los santos lugares y de las reliquias sagradas, en el que semataba en nombre de la fe, ya fuera la de la cruz o la de la media luna, y en el que jamás hubo vencedor o vencido, sino pueblos diezmados y heridas que aún hoy no han cicatrizado del todo.
En nuestro viaje a las cruzadas por Siria y Jordania podemos contemplar algunos de los escenarios más impresionantes en los que se desarrollaron importantes episodios de este capítulo de la historia que, a pesar de enfrentar a Occidente con Oriente, escribió su parte más importante en éste último escenario, tanto en Siria y Jordania como también enTurquía, Líbano y palestina.
Para cualquier amante de la historia, y hay que dar por supuesto que todos los que visitan Siria y Jordania lo son, no hay nada comparable al poder contemplar por uno mismo los lugares que ha leído en los libros; por mucho que se haya podido imaginar o incluso ver a través de documentales el Crac de los Caballeros o el Castillo de Saladino, nada supera la impresión de aproximarse lentamente y de ver aparecer su silueta, de contemplar su entorno y comprender la estratégica posición que ocupaba, de comprobar su legendaria inexpugnabilidad,de respirar su atmósfera natural e histórica, de pisar allí donde lo hicieron los personajes como Saladino o Ricardo Corazón de León.
Todo el mundo ha oído hablar de Agatha Christie, ha leído sus novelas, visto sus películas o sus obras de teatro y personajes como Hércules Poirot o Miss Marple son ya iconos de la literatura universal.
Pero muy poca gente conoce la otra vida de Agatha Christie, una vida vinculada a la arqueología mesopotámica y al mundo de Oriente, a sus viajes y estancias en Irak y Siria, lugares en los que ella misma nos dice que pasó los mejores momentos de su vida.
Y menos aún que muchas de sus más famosas obras como “Asesinato en el Orient Express”, “Muerte en el Nilo”, “Asesinato en Mesopotamia” o “Cita con la muerte” por citar algunos títulos, fueron inspirados y escritos en aquellas tierras.
¿Qué llevó a una prestigiosa escritora inglesa a las polvorosas colinas orientales a excavar en busca del pasado más remoto de la humanidad?
Lo cierto es que la misma vida de Agatha Christie fue bastante novelesca.
Hija de una adinerada familia británica y casada con un piloto de las Fuerzas Aéreas Británicas, se convirtió en una escritora bastante conocida e incluso podía vivir de ello.
Con la publicación en 1926 de la novela “El asesinato de Rogely Castroy” consiguió su consagración como una de las mejores escritoras de misterio y lo que parecía el inicio de una brillante etapa se convirtió en uno de los peores periodos de su vida: la muerte de su madre, a la que se encontraba muy unida y la confesión de su marido de que tenía una amante con la que pensaba irse, dejó a Agatha sumida en una profunda depresión que le llevó a protagonizar uno de los capítulos más sorprendentes de su vida, digno de una novela: su desaparición durante más de una semana.
Cuando todo el mundo pensaba que se había suicidado, apareció en un balneario con un episodio de amnesia temporal sin recordar nada de lo que había ocurrido en aquellos días.
Tras este enigmático episodio, que por otro lado nunca llegó a desvelar lo que realmente ocurrió en aquellos días,Agatha empezó a rehacer su vida: se divorció de su marido y se volvió a centrar en sus novelas, pero necesitaba un cambio de aires.
En una cena en Londres conoció al matrimonio de Charles Leonard Wooley, un brillante arqueólogo que trabajaba en Iraq y a su esposa Katheleen, gran admiradora de Agatha, a quien invitaron a visitar Bagdad y Ur , lugar donde el matrimonio Wolley realizaba sus excavaciones.
Y aquí empezó, sin saberlo, la que sería su nueva vida, una vida vinculada a Siria y a Oriente en general y también a la arqueología, sin olvidar sus asesinatos.
El viaje hasta Bagdad a bordo del mítico Orient Expres era un recorrido de más de 3.300 km en uno de los trenes más famosos y lujosos de todos los tiempos, que unía Paris con Estambul.
Una vez en Turquía otro tren de la misma compañía, el Taurus Express, llegaba hasta Alepo, Beirut y Damasco.
Agatha se enamoró de Ur, de su milenaria historia, de su paisaje, de su gente, de la vida en la excavación.
“Me enamoré de Ur , de su belleza al atardecer , con los zigurats que se elevan ligeramente ocultos por las sombras y aquel ancho mar de arena con los colores pálidos, maravillosos, amarillo melocotón, rosa, azul, malva, cambiando a cada minuto.”
Así, en uno de los yacimientos más importantes de Mesopotamia, en Ur conoció a un nuevo personaje,Max Mallowan, pieza clave en las excavaciones del equipo de arqueólogos.
La primera impresión que le causó a Agatha fue:“era un hombre joven, delgado, moreno, muy callado. Que raramente hablaba aunque estaba muy atento a todo lo que pedía…Era romántico ver cómo aparecía, lentamente entre la arena, un puñal con reflejos dorados.
El cuidado con el que los arqueólogos levantaban del suelo las vasijas y demás objetos me incitaba a ser arqueólogo”. “…teniendo que pasar la noche en el único lugar que encontraron: dos celdas contiguas en la prisión local.
Seguramente fue en aquel momento cuando se enamoraron: Max debía pensar que jamás encontraría a ninguna otra mujer que pudiera aguantar este tipo de vida y estas situaciones, y Agatha debía pensar que ningún otro hombre le podría descubrir aquellos nuevos y fascinantes mundos y hacerle vivir aquellas increíbles aventuras.”
Bosra es una ciudad del sur de Siria, capital de la fértil región de Haurán, situada a 140 km de Damasco, sobre una meseta basáltica.
Su ciudad antigua ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980.
Sus rocas negras, empleadas en la construcción desde hace siglos, confieren a toda la región una gran originalidad. Además, la resistencia del basalto ha mantenido los monumentos en un estado de conservación admirable.
El Teatro de Bosra se considera uno de los más importantes de la época romana, el más completo y el mejor conservado, fue construido en la mitad del siglo II, al mismo nivel del suelo y se ubica en la parte sur de la ciudad antigua.
Protegido durante los siglos por la fortaleza musulmana, el teatro se quedó entrado bajo sus escombros hasta 1947 cuando los trabajos arqueológicos, terminados en 1968, lo sacaron a la luz.
En 1969 fue usado de nuevo para celebrar el primer Festival Internacional de Bosra, un destacado acontecimiento cultural de arte y folclor y que aún se celebra en la actualidad.
Antigua capital de la provincia romana de Arabia e importante etapa en la antigua ruta caravanera de La Meca, Bosra conserva, encerrados en sus gruesas murallas, un magnífico teatro romano del siglo II, ruinas nabateas, romanas y bizantinas y varias mezquitas.
La ciudad moderna se ha desarrollado sobre los restos de la ciudad antigua, prácticamente despoblada hacia finales del siglo XIX, por lo que ambas sólo tienen en común el nombre y las piedras de construcción. Pero el fantasma de la gran ciudad antigua planea sobre las casas bajas, muy encerradas hacia el interior , sobre las mezquitas, los minaretes, las puertas, los restos de viejas casas e iglesias.
En los callejones estrechos y sinuosos, columnas antiguas se alzan en los lugares más imprevistos; y en el centro se alza la enorme y severa ciudadela árabe, construida alrededor del elegante teatro romano.
En el centro fértil de Siria, situada a orillas del río Orontes (Al-Assi , “el rebelde”), se encuentra Hama, la ciudad de las norias.
Junto con Alepo y Damasco, forma parte de las ciudades más antiguas del mundo que han tenido ocupación humana de forma continuada, hasta nuestros días.
A este orgulloso pasado se le añade su bello presente, pues Hama está considerada como una de las más hermosas ciudades de Siria por sus jardines o su barrio antiguo pero, sobretodo, por las impresionantes norias que desde hace siglos vienen elevando el agua del río para regar los sedientos huertos y proveer a la ciudad.
Aunque las norias son el gran atractivo de Hama, no podemos olvidar otros varios lugares de la ciudad que merecen sin duda una detenida vi- sita. Los jardines que se extienden flanqueando la ribera oriental del Orontes es uno de estos lugares debido a su atractivo y limpieza.
Al otro lado del río se encuentra el casco antiguo en cuyo centro se levanta el palacio Azem, un magnífico edificio que fue antigua residencia de los gobernadores otomanos y que hoy ha sido reconvertido en museo. En este lugar son tan interesantes las muestras que se exponen, de diferentes épocas históricas, como las propias estancias del palacio y sus adornados patios que muestran la opulencia que el edificio tuvo en la época del Beit.
Merece especial atención la mezquita de an-Nuri que se eleva al norte del palacio y data del siglo XII.
Fue mandada construir por Nur adDin, suegro de Saladino, que derrotó a las fuerzas cristianas de los cruzados situadas en las montañas cercanas a Hama. En esta zona merece la pena deambular y pasear por las estrechas y tranquilas calles que cobijan ventanas enrejadas o pa- tios ocultos a la mirada de los curiosos pero que dejan rumorear el ruido de sus fuentes interiores o el murmullo de las conversaciones de sus moradores.
Completamente diferente se muestra el barrio aledaño de Al- Madina donde se ubica la Gran Mezquita.
Este próspero enclave de la ciudad está atravesado por modernas calles y edificios residen- ciales que contrastan con el cercano casco antiguo.Una visita obligada es el edificio de la Gran Mezquita (Yamia al-Umaui) que data del sigloVIII y fue mandada construir por la dinastía omeya sobre otros templos más antiguos.
Una forma de disfrutar la ciudad es también a través del paladar ya que son muy característicos y conocidos sus dulces de queso, famosos en toda Siria.
También Hama se muestra como una excelente base de operaciones para recorrer las proximidades y también para tener la oportunidad de ver las huertas que riegan las aguas del Orontes.Hama es la ciudad de las norias, pero creo que tal vez sería mejor definirla como la ciudad de los que inventaron las norias, porque lo más valioso fue el ingenio y la generosidad de la gente que las pusieron al servicio de la humanidad.
Es fácil escribir sobre un lugar donde has sido feliz.
Sus calles, plazas, rincones, forman parte de una geografia idealizada que, a pesar de ya ser sólo recuerdo, pervive en tu memoria con una fuerza extraordinaria.
Esta ciudad sigue acojiendo a sus visitantes con la misma alegría con que lo hacía cuando sólo era un oasis: en la antigüedad las aguas frescas del río Barada permitieron al pie del monte Qassiun la aparición de al- Ghuta, un vergel frondoso de árboles frutales, de sombras amables para las caravanas y los mercaderes, de canales y fuentes, de sus famosas rosas de pétalos de dos colores en un marco bellísimo sólo comparable al paraíso.
Y en gozo de todos los que llegaban a ese oasis nació la ciudad del Sol, Bilad ash-Shams, descrita por los poetas como un Edén, un lugar del que es imposible alejarse sin remordimiento, un lugar donde todo el mundo anhela retornar, donde su aire es alimento, su sombra media vida, una ciudad de deleites infinitos, de felicidad sin par.
El gran viajero valenciano-andalusí de Játiva del siglo XII dijo de ella: “Si hay un paraíso en la tierra, no puede ser otro que Damasco.”
Así mismo el poeta damasceno Arqala ad-Dimashqi al-Kalbi dijo de su ciudad: “Damasco te será un paraíso inacabable, y sus anémonas un in- fierno que no quema.” Y también: “Damasco es un paraíso anticipado para el visitante, con huríes y mozos.
La luna sólo entona a sus cuerdas el canto de la tórtola y el mirlo.” Como muy bien indica el poeta Abu al-Wahsh Saba ibn Jalq al- Assadi “Ojos y nariz jamás se hastían de contemplarla o de aspirar su aroma.”
Y es que Damasco es ahora una ciudad para ser contemplada y aspirada.
Fácilmente un atardecer se puede acceder al monte Qassiun que encierra el antiguo oasis hoy invisible entre los edificios y los inmensos arrabales a sus pies, y desde uno de sus balcones rocosos puede contemplarse la maravilla de la ciudad iluminándose poco a poco hasta convertirse en un mar de luces de colores, con un predominio claro de los fosforescentes verdes de los miles de minaretes que agujean el cielo con menos estrellas de las que hay en la ciudad: como añade Abu al- Wahsh: “Su tierra resplandece como el cielo, y sus flores como estrellas brillantes.
” Entre los recovecos de sus rocas quebradas, es posible visitar la que la leyenda dice ser la primera casa de Adán y Eva, puesto que Damasco presume ser la ciudad más antigua del mundo porque Adán y Eva pasaron en ella su primera noche después de ser expulsados del paraíso. Leyendas aparte, Damasco –o más bien su oasis (al- Ghuta)– se cuenta entre los asentamientos humanos más antiguos del Próximo Oriente, pudiéndose remontar sus estratos excavados hasta el año 9.000 a.C. y rivalizando, pues, con los antiguos vestigios de Jericó, en Palestina. 
Pero más que contemplarla, Damasco pide ser aspirada, vivida, paseada con todos los sentidos, y el mejor lugar para entenderla de un solo soplo es el bazar, los zocos, su parte antigua, su corazón. Al-Hamidiye, éste es el nombre mágico sinónimo de callejuelas repletas de tenderos con sus mercancías a la vista, un millón de maravillas, especias, perfumes, alfombras, vestidos, lentejuelas, joyas, juguetes, frutas, libros, músicas, helados, lámparas, ollas, souvenirs, cristales y gente en to- das direcciones comprando, conversando, regateando… Ante este espectáculo, Ibn Juzay de Játiva nos dice claramente qué hay que hacer en ella: “¡Ah, goza de ella mañana y tarde!”
Damasco merece ser aspirada, vivida, paseada con todos los sentidos, y el mejor lugar para entenderla de un solo soplo es el bazar, los zocos, su corazón
Siria es una nación joven
Siria ocupa un territorio muy antiguo. Los vestigios de una ciudad encontrada en Tell Hamoukar han sido datados en más de 6.000 años, lo que ha cambiado la idea de que las ciudades más antiguas eran las que estaban situadas entre los ríos Tigris y Eúfrates y ha demostrado la antigüedad de las civilizaciones asentadas en este marco geográfico. Este yacimiento arqueológico y muchos otros a lo largo del país muestran que el territorio que hoy compone Siria acoge algunos de los vestigios históricos más antiguos que conocemos, no en vano se dice que el país es la cuna de la civilización.
Siria posee un destacado patrimonio arquitectónico y cultural de todas las épocas más florecientes del desarrollo humano
Se encuentra ubicada en la encrucijada que forman África, Asia y Europa, en un territorio en el que confluía el comercio de las caravanas entre Orientey Occidente y también los pasos naturales de las rutas de invasión de los ejércitos tanto de Asia como de Europa. Como consecuencia de ello, esta tierra ha visto pasar a numerosos reyes y civilizaciones, antiguas culturas que han dejado aquí la huella de su desarrollo y los restos de algunas de las civilizaciones más importantes de su tiempo.
Crisol de culturas
Siria posee un destacado patrimonio arquitectónico y cultural de todas las épocas más florecientes del desarrollo humano. No hay que olvidar que ciudades como Damasco o Alepo eran ya antiguas cuando Roma no era más que una aldea sin relieve en la Península Itálica.
En toda Siria se levantan numerosos lugares que son testimonio de su rico pasado, así encontramos vestigios de civilizaciones prefenicias tanto en la costa, como es el caso de Ugarit, como en el interior, casi en la frontera iraquí, como es el caso de Tell Leilan, Tell Brak o Tell Chagarbazar. En todo el país se contabilizan más de 3.500 yacimientos arqueológicos que están dejando al descubierto su gran riqueza histórica.
La huella de los fenicios se encuentra básicamente en la costa en lugares como Aradus o Amrit; la grecoromana es amplia en toda la geografía, desde el norte en Cyrrhus hasta el sur en Inachos. Más escasos son, sin embargo, los vestigios de la civilización palmiriña, ya que se circunscribe exclusivamente a la zona donde se ubica Palmira, pero dada su extraordinaria belleza, sin duda, merece un capítulo destacado entre los atractivos que el país ofrece a sus visitantes.
Multitud de palacios, ruinas y construcciones pertenecientes a la época paleocristiana y el imperio bizantino jalonan las ciudades del país con construcciones que se asientan sobre otras más antiguas. Especial mención requiere la población de Maalula ya que, además de sus interesantes construcciones, aquí todavía se puede oír hablar en arameo, la lengua en la que se expresaba Jesús.
Un museo al aire libre
Siria es un inmenso museo al aire libre, cualquier rincón del país que visitemos guarda algún recuerdo de pasadas épocas, no en vano esta tierra ha sido cuna de la civilización, sin embargo, también Siria es un país moderno con ciudades que muestran su carácter cosmopolita. Especialmente destacan Damasco, capital del país y centro administrativo, y Alepo, la llamada “París de Oriente Medio” por su disposición urbanística. Ambas poseen todo lo que define a una moderna ciudad, desde los edificios emblemáticos de diseño hasta el caos circulatorio tan común a sus homólogas del resto del mundo.
En las ciudades sirias podemos encontrar los más modernos hoteles de las cadenas más conocidas; acreditados restaurantes, ubicados en palacetes históricos en los que se puede degustar una gastronomía de alto nivel; modernos edificios de oficinas; espaciosos jardines o amplias avenidas.
Todo ello conviviendo en armonía con zocos cuyos orígenes se contabilizan en siglos, palacetes y mezquitas que nos hablan de un pasado esplendoroso y recónditos jardines escondidos entre las laberínticas calles de los cascos históricos de las ciudades.
Un país de alternancias geográficas
Las actuales fronteras de Siria fueron una imposición artificial de tiempos relativamente recientes y guardan poca relación con las fronteras originales del país. Según el historiador griego Herodoto, en el siglo V a.C., la Gran Siria abarcaba todas las tierras comprendidas entre Asia Menor y Arabia. Siria forma el extremo occidental del llamado Creciente Fértil, un extenso arco de tierras regadas por los ríos Tigris y Eúfrates que forman una amplia zona geográfica de gran riqueza. Administrativamente Siria se halla dividida en 14 “mouhafazats” que corresponden más a gobernaciones que a provincias propiamente dichas. Estas divisiones oficiales, centradas en una gran ciudad que cumple el papel de prefectura, no se corresponden siempre con una entidad geográfica definida, sin embargo, sí son fácilmente identificables, tanto sobre el mapa como sobre el terreno. Y es que el país posee varias grandes regiones naturales que vienen determinadas tanto por el relieve como por el clima. En estas zonas se pueden apreciar agrestes montañas y fértiles llanuras que son cultivadas hasta el mismo borde del desierto.
Aunque Siria posee el arquetipo de ser un país del desierto, por proximidad a la orografía de muchos de sus vecinos, la realidad indica que casi un 70% del territorio tiene algún tipo de cultivo, un porcentaje que aumenta año tras año debido a los programas gubernamentales en curso. En realidad, el paisaje sirio es una alternancia de zonas desérticas o semidesérticas con valles o zonas verdes donde brota la riqueza agrícola. Un recorrido por el país muestra esta diversidad geográfica y permite contemplar las grandes producciones agrícolas entre las que destaca el pistacho, uno de sus productos más afamados.



