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Entradas con la etiqueta ‘Alepo’

Todo el mundo ha oído hablar de Agatha Christie, ha leído sus novelas, visto sus películas o sus obras de teatro y personajes como Hércules Poirot o Miss Marple son ya iconos de la literatura universal.
Pero muy poca gente conoce la otra vida de Agatha Christie, una vida vinculada a la arqueología mesopotámica y al mundo de Oriente, a sus viajes y estancias en Irak y Siria, lugares en los que ella misma nos dice que pasó los mejores momentos de su vida.
Y menos aún que muchas de sus más famosas obras como “Asesinato en el Orient Express”, “Muerte en el Nilo”, “Asesinato en Mesopotamia” o “Cita con la muerte” por citar algunos títulos, fueron inspirados y escritos en aquellas tierras.

 ¿Qué llevó a una prestigiosa escritora inglesa a las polvorosas colinas orientales a excavar en busca del pasado más remoto de la humanidad?
Lo cierto es que la misma vida de Agatha Christie fue bastante novelesca.
Hija de una adinerada familia británica y casada con un piloto de las Fuerzas Aéreas Británicas, se convirtió en una escritora bastante conocida e incluso podía vivir de ello.
Con la publicación en 1926 de la novela “El asesinato de Rogely Castroy” consiguió su consagración como una de las mejores escritoras de misterio y lo que parecía el inicio de una brillante etapa se convirtió en uno de los peores periodos de su vida: la muerte de su madre, a la que se encontraba muy unida y la confesión de su marido de que tenía una amante con la que pensaba irse, dejó a Agatha sumida en una profunda depresión que le llevó a protagonizar uno de los capítulos más sorprendentes de su vida, digno de una novela: su desaparición durante más de una semana.
Cuando todo el mundo pensaba que se había suicidado, apareció en un balneario con un episodio de amnesia temporal sin recordar nada de lo que había ocurrido en aquellos días.

Tras este enigmático episodio, que por otro lado nunca llegó a desvelar lo que realmente ocurrió en aquellos días,Agatha empezó a rehacer su vida: se divorció de su marido y se volvió a centrar en sus novelas, pero necesitaba un cambio de aires.
En una cena en Londres conoció al matrimonio de Charles Leonard Wooley, un brillante arqueólogo que trabajaba en Iraq y a su esposa Katheleen, gran admiradora de Agatha, a quien invitaron a visitar Bagdad y Ur , lugar donde el matrimonio Wolley realizaba sus excavaciones.
Y aquí empezó, sin saberlo, la que sería su nueva vida, una vida vinculada a Siria y a Oriente en general y también a la arqueología, sin olvidar sus asesinatos.
El viaje hasta Bagdad a bordo del mítico Orient Expres era un recorrido de más de 3.300 km en uno de los trenes más famosos y lujosos de todos los tiempos, que unía Paris con Estambul.
Una vez en Turquía otro tren de la misma compañía, el Taurus Express, llegaba hasta Alepo, Beirut y Damasco.

Agatha se enamoró de Ur, de su milenaria historia, de su paisaje, de su gente, de la vida en la excavación.

“Me enamoré de Ur , de su belleza al atardecer , con los zigurats que se elevan ligeramente ocultos por las sombras y aquel ancho mar de arena con los colores pálidos, maravillosos, amarillo melocotón, rosa, azul, malva, cambiando a cada minuto.”

Así, en uno de los yacimientos más importantes de Mesopotamia, en Ur conoció a un nuevo personaje,Max Mallowan, pieza clave en las excavaciones del equipo de arqueólogos. 
La primera impresión que le causó a Agatha fue:“era un hombre joven, delgado, moreno, muy callado. Que raramente hablaba aunque estaba muy atento a todo lo que pedía…Era romántico ver cómo aparecía, lentamente entre la arena, un puñal con reflejos dorados.
El cuidado con el que los arqueólogos levantaban del suelo las vasijas y demás objetos me incitaba a ser arqueólogo”. “…teniendo que pasar la noche en el único lugar que encontraron: dos celdas contiguas en la prisión local.
Seguramente fue en aquel momento cuando se enamoraron: Max debía pensar que jamás encontraría a ninguna otra mujer que pudiera aguantar este tipo de vida y estas situaciones, y Agatha debía pensar que ningún otro hombre le podría descubrir aquellos nuevos y fascinantes mundos y hacerle vivir aquellas increíbles aventuras.”

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A unos 60 km. al norte de Alepo se encuentra uno de los más importantes lugares de culto del mundo bizantino de Siria, el monasterio de Qalaat Semaan, más conocido como San Simeón.
La impresión que se tiene cuando uno se acerca en coche a este lugar es la de una gran austeridad en el paisaje: una gran extensión de tierra con pequeñas ondulaciones en el terreno acompañada por una escasa vegetación de arbustos y muy pedregosa a causa del substrato calcáreo propio de esta zona del norte del país, es la única vista a lo largo de varios kilómetros desde que se dejan atrás las afueras de Alepo.

Pero de pronto, tras ascender una pequeña colina, el paisaje se vuelve mucho más acogedor y a la sombra de pinos,olivos y eucaliptos se eleva la que fue, en el sigloV d.C. la iglesia más grande del mundo, el Monasterio de San Simeón.

En efecto, el mundo bizantino encontró en Siria y, especialmente en el norte (donde también se encuentran las llamadas Ciudades Muertas: Sergilla,Al-Bara…),una gran aceptación y prosperidad gracias a la proximidad con la ciudad de Antioquia, sede de uno de los cuatro patriarcados del Imperio Bizantino, junto con Roma, Alejandría y Jerusalén.
Tras la construcción del monasterio, el peregrinaje se multiplicó y con él también la prosperidad de las villas cercanas al crearse una especie de Camino de Santiago durante cuyo trayecto los fieles, que venían de muchos y alejados lugares (incluso desde Europa, según cronistas de la época), pudieran avituallarse y descansar.
Hoy, como antaño, sigue siendo uno de los lugares de visita obligados de Siria, sino como peregrinaje religioso en busca de los consejos del santo, si como parte de la ruta para conocer uno de los más bellos testimonios del pasado de Siria.

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Durante el trayecto de Hama a Alepo, si uno mantiene la vista en el paisaje podrá distinguir unas peculiares colinas diseminadas a lo largo de la llanura.
No son muy altas ni forman ninguna pequeña cordillera, pero se elevan por encima del terreno con una forma característica de cono truncado. Es inútil buscarlas en las guías o en los mapas como djebel (montaña), pero si aparecen con una expresión geográfica más modesta, la palabra tell, colina en árabe.
Hay muchas en esta zona de Siria y si se tiene ocasión y uno puede acercarse, se empieza a comprender que el visitante no se encuentra ante ningún accidente geográfico natural, sino frente a algo diferente.

Situada en una región donde antes se creía imposible la existencia de alguna cultura digna de mención, el descubrimiento de Ebla reveló hasta qué punto historiadores y arqueólogos estaban equivocados hasta aquel momento, ya que no sólo se descubrió una nueva ciudad, sino que con ella surgió a la luz toda una nueva civilización, la eblaíta, con una lengua, una cultura y una historia completamente desconocidas hasta entonces.

Lo más característico y lo que resalta a simple vista es notar una gran cantidad de fragmentos cerámicos esparcidos por toda la zona circundante a la colina y en ella misma.
En algunos casos, incluso podrá contemplar restos de muros o cementerios islámicos.
Estas pistas habrían de ser suficientes para, por los menos, levantar alguna sospecha, pero si aún no se ha percatado de dónde se encuentra uno, basta con consultar una guía, un libro o tener un buen guía al lado que le explicará que aquello que está pisando son los restos de alguna olvidada ciudad de hace cinco mil años que, con el paso del tiempo, las superposiciones de varias ciudades en un mismo lugar y su abandono posterior, acabaron por convertir palacios, casas, murallas y jardines en un montón de restos de barro en forma de colina.
La nueva civilización de Ebla Este es el caso de Ebla; a pesar de que hoy en día pueda parecer una montaña de barro sin ninguna construcción espectacular y aunque no sea tan conocida como Karnak o Petra, la antigua ciudad de Ebla fue uno de los centros más importantes de todo el Próximo Oriente y Egipto en una época tan remota como el III milenio a.C.
 

 

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En el centro fértil de Siria, situada a orillas del río Orontes (Al-Assi , “el rebelde”), se encuentra Hama, la ciudad de las norias.
Junto con Alepo y Damasco, forma parte de las ciudades más antiguas del mundo que han tenido ocupación humana de forma continuada, hasta nuestros días.
A este orgulloso pasado se le añade su bello presente, pues Hama está considerada como una de las más hermosas ciudades de Siria por sus jardines o su barrio antiguo pero, sobretodo, por las impresionantes norias que desde hace siglos vienen elevando el agua del río para regar los sedientos huertos y proveer a la ciudad.
Aunque las norias son el gran atractivo de Hama, no podemos olvidar otros varios lugares de la ciudad que merecen sin duda una detenida vi- sita. Los jardines que se extienden flanqueando la ribera oriental del Orontes es uno de estos lugares debido a su atractivo y limpieza.
Al otro lado del río se encuentra el casco antiguo en cuyo centro se levanta el palacio Azem, un magnífico edificio que fue antigua residencia de los gobernadores otomanos y que hoy ha sido reconvertido en museo. En este lugar son tan interesantes las muestras que se exponen, de diferentes épocas históricas, como las propias estancias del palacio y sus adornados patios que muestran la opulencia que el edificio tuvo en la época del Beit.

Merece especial atención la mezquita de an-Nuri que se eleva al norte del palacio y data del siglo XII.
Fue mandada construir por Nur adDin, suegro de Saladino, que derrotó a las fuerzas cristianas de los cruzados situadas en las montañas cercanas a Hama. En esta zona merece la pena deambular y pasear por las estrechas y tranquilas calles que cobijan ventanas enrejadas o pa- tios ocultos a la mirada de los curiosos pero que dejan rumorear el ruido de sus fuentes interiores o el murmullo de las conversaciones de sus moradores. 

Completamente diferente se muestra el barrio aledaño de Al- Madina donde se ubica la Gran Mezquita.
Este próspero enclave de la ciudad está atravesado por modernas calles y edificios residen- ciales que contrastan con el cercano casco antiguo.Una visita obligada es el edificio de la Gran Mezquita (Yamia al-Umaui) que data del sigloVIII y fue mandada construir por la dinastía omeya sobre otros templos más antiguos.
Una forma de disfrutar la ciudad es también a través del paladar ya que son muy característicos y conocidos sus dulces de queso, famosos en toda Siria.
También Hama se muestra como una excelente base de operaciones para recorrer las proximidades y también para tener la oportunidad de ver las huertas que riegan las aguas del Orontes.Hama es la ciudad de las norias, pero creo que tal vez sería mejor definirla como la ciudad de los que inventaron las norias, porque lo más valioso fue el ingenio y la generosidad de la gente que las pusieron al servicio de la humanidad.

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Latakia es el gran puerto de Siria. Es el lugar en el que el país se asoma al mar, un mar que a lo largo de los siglos, contribuyó a forjar las diferentes culturas que se han dado cita en este territorio.
En la actualidad Latakia es una ciudad tranquila, un excelente destino de playa, en la que proliferan hoteles al borde del mar y el lugar por excelencia de los Sirios que quieren disfrutar de las aguas azules del mediterráneo.

Cuando un turista llega a Siria, se le ofrecen mil maravillas: los bazares de la capital, Damasco, las impresionantes ruinas de Palmira, la cinta azul del río Eufrates que atraviesa en silencio el desierto y lo parte en dos riberas, el gran anfiteatro romano de Bosra, la mole imponente del castillo medieval del Crak des Chevaliers, las refinadas casas turco otomanas y la grandiosa ciudadela de Alepo, las norias gimientes de Hama sobre las aguas verdes del Orontes, las ciudades muertas bizantinas, las estilizadas y elegantes columnas de Apamea, las sagradas iglesias de Maalula y de Seidnaya, así como las reveladoras excavaciones arqueológicas de Mari o de Ebla, tesoros todavía escondidos bajo el barro y el polvo de los siglos.
Todos estos lugares fascinan los ojos de aquel que por primera vez descubre un país lleno de lugares espectaculares e insospechados. Pero le falta algo, echa de menos algo que se percibe en el aire y en la luz pero que a primera vista no ve: el mar.

Latakia en la historia

Para visitar el mar de Siria, el mejor lugar sin duda donde hacerlo es en Latakia, la capital de la franja costera de 175 Km. que convierte a Siria, a pesar de su enorme vientre de desierto, en un país mediterráneo.
Ciudad moderna y dinámica, Latakia es actualmente el gran puerto de la Siria contemporánea, pero sus orígenes son bien antiguos, y se remontan a la época en que los fenicios comerciaban por el Mediterráneo sin rivales (s. X aC.). Pero su verdadera historia no empieza si no con la llegada a Siria de las tropas del conquistador macedonio Alejandro Magno en el siglo IV aC. El año 333 aC., después de la batalla de Issos donde Grecia triunfó definitivamente sobre los persas que ocupaban oriente, Alejandro Magno se hizo dueño del levante mediterráneo y de Egipto, hasta ese momento provincias de un mastodóntico y débil imperio persa.
Después de su muerte, el imperio de Alejandro se dividió entre sus generales –los Diadocos– y el territorio sirio cayó en manos de Seleucos (rey entre 331 y 281 aC.).
Éste, ansioso de construirse una nueva capital, escogió el pequeño pueblo costero de origen fenicio y decidió convertirlo en una gran ciudad helenística: la aldea, centro de una importante comarca agrícola y pesquera, a los pies de las famosas montañas de Ansariyye, pronto se des- arrolló con fuerza y ambición y fue rebautizada con el nombre de la querida madre del rey Seleuco, la princesa Laodicea, en homenaje suyo, en recuerdo eterno, y por amor.

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La ciudad cuenta con un Museo Arqueológico muy importante. La región de Alepo está sembrada de yacimientos arqueológicos de una importancia capital de todas las épocas, y su museo rebosa de piezas y estatuas encontradas a lo largo de las misiones sirias y extranjeras que las han dejado al descubierto.
La exquisita colección de objetos de la antigua ciudad de Mari, en el Eufrates medio, de la cercana Ebla –una ciudad del IV milenio a.C.–, de Ugarit –la cuna del primer alfabeto– y de las ruinas bizantinas de San Simeón el Estilita y el resto de las llamadas “ciudades muertas”, hacen del museo de Alepo una joya que no hay que perderse.

En el mismo barrio del museo –Bab al Faraj, con su reloj de época otomana y el mítico Café Sahel– se encuentra el célebre Hotel Baron, un espléndido edificio de grandes habitaciones y pasillos, con señoriales comedores ahora ya venidos a menos pero con mucho encanto. Construido por dos hermanos armenios en 1909, el Hotel Barón llegó a convertirse en el lugar preferido de hospedaje de los exquisitos viajeros extranjeros del famoso tren Orient Express que, por entonces, finalizaba su largo trayecto en Alepo. Un vistazo al libro de huéspedes, forrado de cuero y guardado celosamente en la caja fuerte del hotel, revela nombres de personalidades de los años de entre-guerras como Agatha Christie, T.E. Lawrence –el célebre Lawrence de Arabia–, Theodore Roosvelt, Lady Louis Mountbatten o el general Charles De Gaulle. Un aperitivo en la terraza del hotel que, como en un balcón elevado que se asoma la calle Barón, es nuevamente una fantástica experiencia donde el relajado cliente contempla el bullicio de los coches y los transeúntes de la calle y, con un té en la mano, ve pasar el tiempo.

 El icono de la ciudad, no obstante, es la gran ciudadela de Alepo del siglo XII, su castillo ensalzado sobre una colina natural con un foso de más de 20 metros de profundidad y 30 de anchura. Esta imponente mole fortificada era una barrera insalvable contra posibles invasores. Joya de la arquitectura y útil enclave de defensa para toda la ciudad, con esta ciudadela Alepo plantó cara a los cruzados cuando en el siglo XII llegaron para arrasar Oriente.
Beberse un delicioso té de canela enfrente de la ciudadela iluminada con el cielo estrellado de fondo después de una relajante sesión en el hammam es, senzillamente, un recuerdo que sólo puedo describir como imborrable.
Mientras escribo estas líneas, escucho los preciosos acordes del laud del alepino Munir Bachir, y con él revivo los buenos momentos que he pasado en esta gran ciudad.
 Alepo es un ejemplo de multiculturalidad donde pueblos distintos, religiones distintas y taifas distintas de un mismo credo conviven con perfecta armonía. Ahora, tan sólo me queda suspirar para revivir la luz de las calles de Jdeide o la Mdine des de Bab-Antakia hasta la ciudadela atravesando el gran zoco y, especialmente, para intentar recuperar ese suave olor a laurel del jabón que he tenido la suerte de sentir tantas veces sobre mi piel. Y ya saben ustedes que –como dijo el poeta– “no hay nada más profundo que la piel”.

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La ciudad es conocida mundialmente por sus exquisitos manjares, sus legumbres y frutas y, especialmente, por su carne.
Alepo es el paraíso de los gourmets de la comida árabe: aquí se pueden degustar los típicos mezze, esta combinada selección de diferentes ensaladas: tabbuleh, fattush, barinjan, crem tum, hommous, muhámmara, muttabal, etc… son nombres que, los que hemos tenido la suerte de degustarlos, nos ahogamos en nuestra saliba cuando hablamos de ellos.
Todo es sabroso, todo es excelente. Y luego llegan las carnes asadas en pincho o en albóndiga: son los célebres Kebabs que han hecho de Alepo un destino gastronómico de primer órden. Y de postre, sus míticas jabbas, las rojas, dulces y sonrientes sandías de verano.

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Uno de los productos más genuínos y característicos de Alepo, y por el cual la ciudad es famosa desde la antigüedad, es el jabón.
La higiene del cuerpo es muy importante para el islam, y es por ello que los árabes destacaron en seguida en la fabricación de este tipo de productos. Los famosos jabones perfumados de laurel de Alepo se fabrican en la ciudad desde el siglo XII y sus jabonerías producen actualmente al día una cantidad que se acerca a las 6 toneladas, es decir unas 25.000 piezas que se exponen cual muralla de ladrillos en las tiendas del zoco. Hay jabones de laurel de diversas clases y tipos, pero su calidad es extrema y al visitante le es imprescindible llevarse siempre unas cuantas piezas. Asimismo, el jabón de laurel puede probarse en los diferentes y bellos baños –los hammams– que hay por toda la ciudad.
El más famoso de ellos es el Hammam al-Yalbugha an-Nasri: construido originariamente en 1491, fue destruido y reconstruido varias veces, pero actualmente, después de su última restauración acabada en 1985, es la joya de los hammams de Alepo donde uno puede gozar de la maravillosa experiencia de una sauna y un masaje con lavado incluído con el prestigioso jabón alepino.
La cúpula de la sala central, decorada con oberturas para la luz hechas de cristales coloreados hace que el vapor se vista de rayos de colores que dan una atmósfera mágica al lugar y todo participe al sosiego y al placer que vienen asociados a la experiencia del baño turco.

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 Pocas ciudades del mundo pueden presumir de un patrimonio arquitectónico tan variado e importante, ya que, desde el siglo XII hasta la época otomana, cada siglo ha dejado su marca: caravanserrallos, mezquitas, hospitales, baños, madrassas, todo imbrincado entre las callejuelas cubiertas y entre tiendas de todo tipo donde es posible encontrar cualquier cosa, desde dátiles de Palmira, juguetes de la China, especias, alfombras persas, perfumes, ropas, oro, joyas, telas, carnes, gorros, cobres, verduras, manteles, cuerdas, instrumentos musicales, souvenirs, pneumáticos o helados que gentes venidas de todas partes de Siria venden a gritos y en un bullicioso ritmo entre cabalgaduras, coches, carromatos y un torbellino de colores y olores que no dejan indiferente a nadie.
El bazar de Alepo engulle enseguida al visitante con su magia y continua siendo un auténtico mercado oriental

 

La visita a este impresionante y laberíntico zoco que ocupa dos hectáreas de extensión es siempre una experiencia chocante, puesto que el bazar de Alepo engulle en seguida al visitante con su magia y continua siendo un auténtico mercado oriental que el escaso pero selecto turismo que visita Siria no ha conseguido –por ahora– ni desvirtuar ni corromper.

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Alepo, una ciudad multicultural

Alepo es una ciudad necesaria, un lugar de encuentro que todo visitante en Siria celebra conocer: sus calles, su ambiente apacible, la maravillosa arquitectura de sus casas de estilo otomano, la imponente ciudadela, el bullicio de un zoco antiquísimo y auténtico, sus animados restaurantes y cafés, los fantásticos hammams, el canto de sus almuédanos, el repicar de sus campanas, la cortesía de sus habitantes, la variedad de gentes, lenguas y formas religiosas… Todo nos habla de una ciudad especial y rica económica y culturalmente hablando, donde el viajero descubre otra cara de esta sorprendente, desconocida y todavía injustamente valorada Siria.

Situada en el corazón de una región entre el mar Mediterráneo y la mítica Mesopotamia, Alepo es la capital de la alta Siria, de las montañas que la separan del mar y de las llanuras que la acercan al azulísimo curso de uno de los grandes ríos de la historia: el Eufrates. Señora de un vasto territorio, encrucijada de las añejas rutas caravaneras que comunicaban la alta Mesopotamia con Palestina y Egipto, Alepo evoca nombres de otras ciudades a su alrededor que quedan a su sombra y que se han hundido en el espeso fluir de los siglos del pasado: la antigua Apamea, la sagrada Membij y, sobre todo, la imperial Antioquía, antigua capital de la Siria romana ahora decaída, disminuída, callada y bajo bandera turca. Alepo las gana a todas en antigüedad, pues ya los hititas en el siglo XX a.C. veneraron en lo alto de su colina al dios del viento que todavía sopla amable y fresco en verano en la hora del crepúsculo cual caricia dada con cariño.

La ciudad atraviesa las épocas como un atleta ágil y rápido que gana sus carreras: cambia de manos con la llegada de conquistadores y será a su turno macedonia, romana, persa y bizantina hasta la conquista árabe del año 637. Luego serà turca y se convertirá –después de Istambul y El Cairo– en la tercera ciudad más importante del Imperio Otomano: su elegante ensanche del siglo XIX, con calles rectilíneas, parques y grandes mansiones pertenecientes a las ricas familias dedicadas al comercio, consiguieron que se la considerara y llamara “la París de Oriente”.

Su vocación de liderazgo ya no la abandonará nunca, y en la moderna Siria será la gran capital económica, su potente motor industrial, comercial y financiero.
Su gran prosperidad hizo de ella un mito y desde el siglo XVII los mercaderes europeos –especialmente ingleses, franceses y venecianos– se establecieron en ella montando sus talleres, sus fábricas, sus casas y dando a la ciudad un nuevo aire, una nueva dinámica.
Los barrios de la ciudad nueva, con sus calles arboladas, sus tiendas, sus oficinas, sus restaurantes y hoteles, se unían a la perfección a la vieja ciudad medieval con sus callejuelas estrechas, sus zocos cubiertos, sus caravanserais y los minaretes de sus mezquitas, convirtiendo a la ya magnífica ciudad en una urbe compleja donde lo antiguo todavía se casa con lo nuevo y donde nada es, por lo tanto, imposible.
Quizás por esto, Alepo se ha convertido actualmente en una ciudad ejemplo de la multicultura y de la diversidad y de la tan necesaria tolerancia religiosa: entre su más de un millón y medio de habitantes encontramos un sinfín de credos que hacen de ella un mosaico de religiones, un crisol donde todos los rezos se entrelazan sin choques, sin aristas, sin incomodidades ni conflictos.
Alepo cuenta con una numerosa población cristiana que se compone en parte de refugiados armenios que escaparon del genocidio llevado a cabo por los turcos en 1915. Un paseo por Alepo nos descubre muchos rótulos o indicaciones no sólo en la grácil caligrafia árabe, sino también en la vieja y curiosa escritura armenia, de aspecto menos ligero y condensado. Pero a los armenios hay que añadir otras confesiones cristianas como los griegos ortodoxos, los maronitas, los melkitas, los católicos, los sirios ortodoxos y los caldeos católicos, estos dos últimos grupos todavía rezando y celebrando sus misas en lengua siríaca o aramea.

Alepo, en algunos barrios como Jdeide o Aziziye, es una ciudad cristiana, y un fascinante paseo por sus calles nos descubre que las iglesias y el repicar de sus campanas, aunque sean de diferentes confesiones, se levantan unas al lado de las otras: a lo largo del zoco as-Suf está la entrada a la catedral armenia de los Cuarenta Mártires, y un poco más al norte, en la Plaza Farhat, está la catedral maronita y el arzobispado melkita, y en calles adyacentes y muy cercanas se encuentran la catedral Católica de San Francisco, la catedral siria ortodoxa, la iglesia griega ortodoxa y la sede de la iglesia caldea. Su población –ya sea ortodoxa, maronita, caldea, melkita, siríaca o armenia– a menudo celebra en común sus fiestas, y los matrimonios entre miembros de las distintas taifas no representan absolutamente ningún problema.
A la variedad de confesiones cristianas, Alepo suma una población –mayoritaria– de musulmanes donde la diversidad también es su característica principal: sunitas, chiítas ismaelitas alawitas y drusos conviven, a pesar de sus diferencias teológicas, en los diferentes barrios sin colisiones. Compartiendo el islam suní con los árabes, cabe contar también con los kurdos, muy numerosos en Alepo puesto que la gran ciudad ha atraído a muchos habitantes del norte del país –de mayoría kurda– para trabajar en sus fábricas textiles.

El corazón de la ciudad árabe es el barrio antiguo, la Mdine, donde se encuentra la Gran Mezquita Omeya que lanza su estilizado minarete cuadrado hacia el cielo, un tesoro que edificó el califa Suleyman (715-717) y en el patio de la cual los cantores del Corán, por una limosna, pueden recitar a los visitantes la bella sura de Luz. Alrededor de la mezquita se alzan los maravillosos zocos –declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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