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La ciudad cuenta con un Museo Arqueológico muy importante. La región de Alepo está sembrada de yacimientos arqueológicos de una importancia capital de todas las épocas, y su museo rebosa de piezas y estatuas encontradas a lo largo de las misiones sirias y extranjeras que las han dejado al descubierto.
La exquisita colección de objetos de la antigua ciudad de Mari, en el Eufrates medio, de la cercana Ebla –una ciudad del IV milenio a.C.–, de Ugarit –la cuna del primer alfabeto– y de las ruinas bizantinas de San Simeón el Estilita y el resto de las llamadas “ciudades muertas”, hacen del museo de Alepo una joya que no hay que perderse.
En el mismo barrio del museo –Bab al Faraj, con su reloj de época otomana y el mítico Café Sahel– se encuentra el célebre Hotel Baron, un espléndido edificio de grandes habitaciones y pasillos, con señoriales comedores ahora ya venidos a menos pero con mucho encanto. Construido por dos hermanos armenios en 1909, el Hotel Barón llegó a convertirse en el lugar preferido de hospedaje de los exquisitos viajeros extranjeros del famoso tren Orient Express que, por entonces, finalizaba su largo trayecto en Alepo. Un vistazo al libro de huéspedes, forrado de cuero y guardado celosamente en la caja fuerte del hotel, revela nombres de personalidades de los años de entre-guerras como Agatha Christie, T.E. Lawrence –el célebre Lawrence de Arabia–, Theodore Roosvelt, Lady Louis Mountbatten o el general Charles De Gaulle. Un aperitivo en la terraza del hotel que, como en un balcón elevado que se asoma la calle Barón, es nuevamente una fantástica experiencia donde el relajado cliente contempla el bullicio de los coches y los transeúntes de la calle y, con un té en la mano, ve pasar el tiempo.
El icono de la ciudad, no obstante, es la gran ciudadela de Alepo del siglo XII, su castillo ensalzado sobre una colina natural con un foso de más de 20 metros de profundidad y 30 de anchura. Esta imponente mole fortificada era una barrera insalvable contra posibles invasores. Joya de la arquitectura y útil enclave de defensa para toda la ciudad, con esta ciudadela Alepo plantó cara a los cruzados cuando en el siglo XII llegaron para arrasar Oriente.
Beberse un delicioso té de canela enfrente de la ciudadela iluminada con el cielo estrellado de fondo después de una relajante sesión en el hammam es, senzillamente, un recuerdo que sólo puedo describir como imborrable.
Mientras escribo estas líneas, escucho los preciosos acordes del laud del alepino Munir Bachir, y con él revivo los buenos momentos que he pasado en esta gran ciudad.
Alepo es un ejemplo de multiculturalidad donde pueblos distintos, religiones distintas y taifas distintas de un mismo credo conviven con perfecta armonía. Ahora, tan sólo me queda suspirar para revivir la luz de las calles de Jdeide o la Mdine des de Bab-Antakia hasta la ciudadela atravesando el gran zoco y, especialmente, para intentar recuperar ese suave olor a laurel del jabón que he tenido la suerte de sentir tantas veces sobre mi piel. Y ya saben ustedes que –como dijo el poeta– “no hay nada más profundo que la piel”.
La ciudad es conocida mundialmente por sus exquisitos manjares, sus legumbres y frutas y, especialmente, por su carne.
Alepo es el paraíso de los gourmets de la comida árabe: aquí se pueden degustar los típicos mezze, esta combinada selección de diferentes ensaladas: tabbuleh, fattush, barinjan, crem tum, hommous, muhámmara, muttabal, etc… son nombres que, los que hemos tenido la suerte de degustarlos, nos ahogamos en nuestra saliba cuando hablamos de ellos.
Todo es sabroso, todo es excelente. Y luego llegan las carnes asadas en pincho o en albóndiga: son los célebres Kebabs que han hecho de Alepo un destino gastronómico de primer órden. Y de postre, sus míticas jabbas, las rojas, dulces y sonrientes sandías de verano.
Uno de los productos más genuínos y característicos de Alepo, y por el cual la ciudad es famosa desde la antigüedad, es el jabón.
La higiene del cuerpo es muy importante para el islam, y es por ello que los árabes destacaron en seguida en la fabricación de este tipo de productos. Los famosos jabones perfumados de laurel de Alepo se fabrican en la ciudad desde el siglo XII y sus jabonerías producen actualmente al día una cantidad que se acerca a las 6 toneladas, es decir unas 25.000 piezas que se exponen cual muralla de ladrillos en las tiendas del zoco. Hay jabones de laurel de diversas clases y tipos, pero su calidad es extrema y al visitante le es imprescindible llevarse siempre unas cuantas piezas. Asimismo, el jabón de laurel puede probarse en los diferentes y bellos baños –los hammams– que hay por toda la ciudad.
El más famoso de ellos es el Hammam al-Yalbugha an-Nasri: construido originariamente en 1491, fue destruido y reconstruido varias veces, pero actualmente, después de su última restauración acabada en 1985, es la joya de los hammams de Alepo donde uno puede gozar de la maravillosa experiencia de una sauna y un masaje con lavado incluído con el prestigioso jabón alepino.
La cúpula de la sala central, decorada con oberturas para la luz hechas de cristales coloreados hace que el vapor se vista de rayos de colores que dan una atmósfera mágica al lugar y todo participe al sosiego y al placer que vienen asociados a la experiencia del baño turco.
Pocas ciudades del mundo pueden presumir de un patrimonio arquitectónico tan variado e importante, ya que, desde el siglo XII hasta la época otomana, cada siglo ha dejado su marca: caravanserrallos, mezquitas, hospitales, baños, madrassas, todo imbrincado entre las callejuelas cubiertas y entre tiendas de todo tipo donde es posible encontrar cualquier cosa, desde dátiles de Palmira, juguetes de la China, especias, alfombras persas, perfumes, ropas, oro, joyas, telas, carnes, gorros, cobres, verduras, manteles, cuerdas, instrumentos musicales, souvenirs, pneumáticos o helados que gentes venidas de todas partes de Siria venden a gritos y en un bullicioso ritmo entre cabalgaduras, coches, carromatos y un torbellino de colores y olores que no dejan indiferente a nadie.
El bazar de Alepo engulle enseguida al visitante con su magia y continua siendo un auténtico mercado oriental
La visita a este impresionante y laberíntico zoco que ocupa dos hectáreas de extensión es siempre una experiencia chocante, puesto que el bazar de Alepo engulle en seguida al visitante con su magia y continua siendo un auténtico mercado oriental que el escaso pero selecto turismo que visita Siria no ha conseguido –por ahora– ni desvirtuar ni corromper.
Alepo, una ciudad multicultural
Alepo es una ciudad necesaria, un lugar de encuentro que todo visitante en Siria celebra conocer: sus calles, su ambiente apacible, la maravillosa arquitectura de sus casas de estilo otomano, la imponente ciudadela, el bullicio de un zoco antiquísimo y auténtico, sus animados restaurantes y cafés, los fantásticos hammams, el canto de sus almuédanos, el repicar de sus campanas, la cortesía de sus habitantes, la variedad de gentes, lenguas y formas religiosas… Todo nos habla de una ciudad especial y rica económica y culturalmente hablando, donde el viajero descubre otra cara de esta sorprendente, desconocida y todavía injustamente valorada Siria.
Situada en el corazón de una región entre el mar Mediterráneo y la mítica Mesopotamia, Alepo es la capital de la alta Siria, de las montañas que la separan del mar y de las llanuras que la acercan al azulísimo curso de uno de los grandes ríos de la historia: el Eufrates. Señora de un vasto territorio, encrucijada de las añejas rutas caravaneras que comunicaban la alta Mesopotamia con Palestina y Egipto, Alepo evoca nombres de otras ciudades a su alrededor que quedan a su sombra y que se han hundido en el espeso fluir de los siglos del pasado: la antigua Apamea, la sagrada Membij y, sobre todo, la imperial Antioquía, antigua capital de la Siria romana ahora decaída, disminuída, callada y bajo bandera turca. Alepo las gana a todas en antigüedad, pues ya los hititas en el siglo XX a.C. veneraron en lo alto de su colina al dios del viento que todavía sopla amable y fresco en verano en la hora del crepúsculo cual caricia dada con cariño.
La ciudad atraviesa las épocas como un atleta ágil y rápido que gana sus carreras: cambia de manos con la llegada de conquistadores y será a su turno macedonia, romana, persa y bizantina hasta la conquista árabe del año 637. Luego serà turca y se convertirá –después de Istambul y El Cairo– en la tercera ciudad más importante del Imperio Otomano: su elegante ensanche del siglo XIX, con calles rectilíneas, parques y grandes mansiones pertenecientes a las ricas familias dedicadas al comercio, consiguieron que se la considerara y llamara “la París de Oriente”.
Su vocación de liderazgo ya no la abandonará nunca, y en la moderna Siria será la gran capital económica, su potente motor industrial, comercial y financiero.
Su gran prosperidad hizo de ella un mito y desde el siglo XVII los mercaderes europeos –especialmente ingleses, franceses y venecianos– se establecieron en ella montando sus talleres, sus fábricas, sus casas y dando a la ciudad un nuevo aire, una nueva dinámica.
Los barrios de la ciudad nueva, con sus calles arboladas, sus tiendas, sus oficinas, sus restaurantes y hoteles, se unían a la perfección a la vieja ciudad medieval con sus callejuelas estrechas, sus zocos cubiertos, sus caravanserais y los minaretes de sus mezquitas, convirtiendo a la ya magnífica ciudad en una urbe compleja donde lo antiguo todavía se casa con lo nuevo y donde nada es, por lo tanto, imposible.
Quizás por esto, Alepo se ha convertido actualmente en una ciudad ejemplo de la multicultura y de la diversidad y de la tan necesaria tolerancia religiosa: entre su más de un millón y medio de habitantes encontramos un sinfín de credos que hacen de ella un mosaico de religiones, un crisol donde todos los rezos se entrelazan sin choques, sin aristas, sin incomodidades ni conflictos.
Alepo cuenta con una numerosa población cristiana que se compone en parte de refugiados armenios que escaparon del genocidio llevado a cabo por los turcos en 1915. Un paseo por Alepo nos descubre muchos rótulos o indicaciones no sólo en la grácil caligrafia árabe, sino también en la vieja y curiosa escritura armenia, de aspecto menos ligero y condensado. Pero a los armenios hay que añadir otras confesiones cristianas como los griegos ortodoxos, los maronitas, los melkitas, los católicos, los sirios ortodoxos y los caldeos católicos, estos dos últimos grupos todavía rezando y celebrando sus misas en lengua siríaca o aramea.
Alepo, en algunos barrios como Jdeide o Aziziye, es una ciudad cristiana, y un fascinante paseo por sus calles nos descubre que las iglesias y el repicar de sus campanas, aunque sean de
diferentes confesiones, se levantan unas al lado de las otras: a lo largo del zoco as-Suf está la entrada a la catedral armenia de los Cuarenta Mártires, y un poco más al norte, en la Plaza Farhat, está la catedral maronita y el arzobispado melkita, y en calles adyacentes y muy cercanas se encuentran la catedral Católica de San Francisco, la catedral siria ortodoxa, la iglesia griega ortodoxa y la sede de la iglesia caldea. Su población –ya sea ortodoxa, maronita, caldea, melkita, siríaca o armenia– a menudo celebra en común sus fiestas, y los matrimonios entre miembros de las distintas taifas no representan absolutamente ningún problema.
A la variedad de confesiones cristianas, Alepo suma una población –mayoritaria– de musulmanes donde la diversidad también es su característica principal: sunitas, chiítas ismaelitas alawitas y drusos conviven, a pesar de sus diferencias teológicas, en los diferentes barrios sin colisiones. Compartiendo el islam suní con los árabes, cabe contar también con los kurdos, muy numerosos en Alepo puesto que la gran ciudad ha atraído a muchos habitantes del norte del país –de mayoría kurda– para trabajar en sus fábricas textiles.
El corazón de la ciudad árabe es el barrio antiguo, la Mdine, donde se encuentra la Gran Mezquita Omeya que lanza su estilizado minarete cuadrado hacia el cielo, un tesoro que edificó el califa Suleyman (715-717) y en el patio de la cual los cantores del Corán, por una limosna, pueden recitar a los visitantes la bella sura de Luz. Alrededor de la mezquita se alzan los maravillosos zocos –declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
