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MOSAICOS ROMANOS EN SIRIA. EL LUJO HECHO ARTE.

En el año 63 a.C. Cneo Pompeyo Magno derrotaba definitivamente a Antíoco XIII, poniendo fin al gobierno de la monarquía Seleúcida.

Nacía así la provincia de Siria, una de las más importantes del Imperio Romano.

Tanto es así que su capital, Antioquía, se convirtió en la tercera ciudad en relevancia después de Roma y Alejandría.

El periodo romano fue, sin duda, uno de los de mayor florecimiento para el territorio sirio.

Se trataba de una provincia rica desde el punto de vista económico, pero también en el aspecto intelectual y cultural. Estas altas cotas de desarrollo tuvieron su manifestación en el Arte y la Arquitectura, disciplinas en las que Siria alcanzó un indudable dominio.

Desde la privilegiada situación geográfica que le proporcionaba su salida al Mediterráneo, sus conocimientos y su riqueza artística se difundieron rápidamente por todo el Imperio Romano. Una prueba evidente de la gran expansión que alcanzaron las técnicas y los talleres sirios son, precisamente, las grandes analogías que pueden encontrarse entre los mosaicos del bajo imperio en Hispania y los de la propia Siria. Siria se convirtió en uno de los centros de producción de mosaicos más prestigiosos de todo el Mundo Romano comparable, tan sólo, a la actual Túnez, antigua África Proconsular. En Siria, más que en ninguna otra provincia del Imperio, los mosaicos romanos están imbuidos de la herencia griega y reproducen una técnica pictórica más clásica, más marcadamente Oriental.

 

Mosaicos romanos de la provincia de Siria

La mayoría de los grandes mosaicos sirios de época romana que han llegado hasta nuestros días proceden de las seis principales ciudades de la provincia, a saber, Antioquía, Filipópolis, Bosra, Apamea, Hama y Palmira, y están conservados en los distintos museos del país. Para mostrar la gran importancia que este arte tuvo en Siria durante el período romano, se han seleccionado algunos de los mosaicos más relevantes del repertorio sirio. Ante la belleza artística de algunos de estos ejemplos, existe el riesgo de considerar al mosaico romano como un mero elemento ornamental con el que los propietarios de villas y domus remarcaban su estatus social y su poder económico.

No obstante, si bien es cierto que estas producciones sirvieron como ostentación de riqueza, en ellas se manifestaban los gustos y preferencias de los propietarios, lo que convierte a estas piezas en auténticos testigos parlantes de aquella época, hecho que se hace especialmente palmario en el caso de los mosaicos de tema religioso. Para el hombre clásico, la religión lo inunda todo. Cada acto cotidiano que realiza, cada actividad, cada celebración, es observada y dirigida directamente por la divinidad. Profundamente supersticiosos, los romanos oficializaron la técnica de la adivinación y la predicción en las figuras de arúspices y augures.

En los casos más graves, las decisiones resultantes de estos augurios podían ser derivadas al propio Senado. Además de esta actividad oficial, los ciudadanos romanos acudían a todo tipo de técnicas premonitorias alternativas: oráculos, lectura de las vísceras de animales sacrificados, lectura del vuelo de las aves, sueños premonitorios, lanzamiento de dados, de tabas o cualquier otra práctica en la que interviniera el azar. El más mínimo accidente cotidiano era interpretado como un mal o buen augurio. Por todo ello, no es de extrañar que los propietarios de villas y domus trataran de convertir sus moradas en una suerte de santuarios, presididas por esculturas, pinturas y mosaicos de tema religioso. Indefectiblemente ligado a este aspecto, encontramos el deseo de los grandes propietarios por mostrar su status intelectual. El hecho de pertenecer a una élite culta, instruida en la Poesía, la Historia y la mitología griega y romana. Es en este contexto en el que hay que leer muchas de las decoraciones de temas mitológicos o heroicos, mediante las cuales, los promotores de los mosaicos se jactaban de sus conocimientos y de su refinada formación, al tiempo que hacían partícipes a sus invitados de dichas representaciones. Este es el caso de muchos de los grandes mosaicos que formaban parte de pavimentos de comedores. La cena, sin duda uno de los actos más relevantes de la vida social romana, y su posterior sobremesa, eran en ocasiones utilizadas por las clases altas como foco de discusión sobre temas relacionados con la Poesía, la Filosofía y la Historia. En este ambiente, los mosaicos mitológicos o heroicos podían convertirse en un pretexto para la propia conversación y, en cualquier caso, aportaban un ambiente inigualable para el desarrollo de las citadas reuniones. Entre los siglos II al IV d.C. la gran mayoría de los mosaicos figurativos procedentes de Siria son de tema mitológico. Esta es, precisamente, una de las particularidades más importantes del mosaico sirio y lo que le diferencia de otras provincias del Imperio, como la propia Hispania, dónde la mayoría de los mosaicos conservados son de tipo geométrico. Incluso en el S. V, en pleno triunfo del Cristianismo, sigue habiendo un ligero mantenimiento de la temática mitológica, si bien, mucho más reducida y adaptada a las nuevas creencias religiosas.

Museo de Shahba

Dentro de estos mosaicos cabe destacar los procedentes del museo de Shahba.

Esta antigua ciudad romana, fundada con el nombre de Filipópolis, en honor al emperador Filipo el Árabe, natural de la región de Hauran, ha dado algunos de los mosaicos más famosos y de mejor calidad de todo el Mediterráneo. El pequeño museo, construido sobre una antigua casa romana del S. IV, constituye, en su reducida selección, una de las mejores muestras de mosaicos romanos en Siria. Uno de los más interesantes es sin duda el mosaico de Orfeo entre las fieras (Lam.1. Mosaico de Orfeo entre las fieras).

La escena narra parte de del mito ligado a este personaje. Orfeo, hijo de Apolo, tenía el don de atraer a las bestias con el tañir de su lira, momento que recoge el presente mosaico. Este tema fue ampliamente representado por los mosaístas del Bajo Imperio, pero este ejemplo en concreto es, como ya dijo Balty, el gran estudioso de los mosaicos orientales, una de las piezas más logradas de la época. Cabe destacar, por su originalidad, la indumentaria de Orfeo, de tradición claramente persa, con los habituales pantalones de montar a caballo y el gorro frigio, y la aparición del pavo real, símbolo de la inmortalidad, muy ligado a la figura de Orfeo en la tradición tardoantigua y reutilizado por el primer Cristianismo como una alegoría de Cristo. En contraposición a este animal que podríamos considerar benéfico, encontramos, en la esquina superior derecha, la representación de un grifo, animal fantástico que encarna, en algunos cultos de origen mistérico, la fatalidad de la muerte. Recordemos que los mosaicos de contenido mitológico, además de dotar de un ambiente religioso y culto al entorno del propietario, mostraban las preferencias de éstos por unos u otros Dioses e, incluso, por determinadas corrientes religiosas. Esto fue particularmente evidente en el caso de los mosaicos de tema dionisiaco. Esta temática gozó de gran aceptación en el mundo romano, y particularmente en las regiones Orientales que sufrieron una fuerte cristianización como es el caso de Siria o Egipto. Cabe destacar, en este aspecto, el bello mosaico de las bodas de Dionisos y Ariadna (Lam. 2) procedente, como el anterior, de la antigua casa sobre la que hoy en día se levanta el museo de Shahba. En él, la pareja de dioses, en posición central, aparece semidesnuda sentada sobre una roca. En último plano, situado entre los dos esposos, encontramos la figura del erote Pothos, que sostiene en su mano izquierda una antorcha, símbolo del deseo, mientras que en el extremo izquierdo de la composición, junto a Ariadna, aparece un hombre de avanzada edad y orejas de sátiro, identificado como el sileno Marón. A los pies de la pareja yace Heracles, borracho y semidesnudo, ayudado por un putto que le sostiene por el brazo derecho. Todos los personajes son identificados por sus nombres que aparecen escritos en griego. Este mosaico parece haber formado parte de la decoración de una sala de banquetes, pero con una simbología muy especial. Como ya dijera Balty en su momento, se trata de una escena de carácter simbólico ligada a cultos mistéricos. Estas creencias adquirieron una gran importancia durante el período romano, especialmente en la zona Oriental, de la que procedían en su gran mayoría y desde dónde se expandieron por todo el Imperio ayudados, en gran medida, por el propio ejército. Como bien dice el término con el que se les denomina, estos cultos tenían un contenido misterioso revelado tan solo a los iniciados, los únicos que podían conocer su doctrina y participar en sus rituales. Para llegar a ese grado, los aspirantes debían superar un conjunto de pruebas y ritos iniciáticos que les acercaban al propio mito de la divinidad protagonista, convirtiéndoles así en un personaje activo de la propia narración. Sin duda, los misterios dionisiacos fueron unos de los más seguidos en la Antigua Roma. En este sentido, la representación de la boda de Dionisos y Ariadna coronados por Pothos, representada frecuentemente también en sarcófagos de esta época, hace referencia a la inmortalidad feliz que obtienen los iniciados en los cultos dionisíacos. La particularidad del mosaico sirio en este tipo de representaciones dionisiacas es, precisamente, su carácter fuertemente simbólico, tan distinto de muchos de los mosaicos de otras regiones romanas, como la propia Hispania, donde los motivos dionisiacos tienen más bien un carácter ornamental.

 

 Museo de Suweida

Procedentes también de la antigua Filipópolis (actual Shahba) son dos de los mosaicos más impresionantes conservados en el museo de Suweida. Se trata de una representación del conocido tema de la toilette de Venus y del mosaico del baño de Artemis. El primero de ellos, el mosaico de la toilette de Venus (Lam. 3), es especialmente importante en el contexto de los mosaicos romanos por dos cuestiones. La primera es que, aunque representa un tema muy difundido, especialmente en los mosaicos africanos, y con una gran continuación en el tiempo, se trata de una representación muy rara en los mosaicos orientales. De hecho, a parte del ejemplo que aquí se recoge, tan sólo se conoce otro de similar composición en un mosaico procedente de Halicarnaso y conservado actualmente en el British Museum de Londres. Por otra parte, mientras que los mosaicos africanos se fechan a finales del S. IV o comienzos del V, el del museo de Suweida ha sido datado a mediados del S. III, lo que hizo a Balty deducir que dicho mosaico debió ser realizado por artesanos africanos traídos por el emperador Filipo con motivo de la fundación de su ciudad, Filipopolis, de donde procede el mosaico en cuestión. En el ejemplar sirio, Venus aparece en el interior de una concha que es sostenida por dos divinidades marinas. La diosa se muestra desnuda, tapada sólo parcialmente por un manto que cubre una de sus piernas y ricamente ataviada con joyas. En su mano izquierda sostiene un espejo, mientras que con la derecha mesa sus largos cabellos. El segundo de los mosaicos del museo de Suweida al que haremos referencia es el del baño de Artemisa (Lám. 4), de la misma cronología que el anterior.

El mito tuvo una gran aceptación en época griega, siendo representado no sólo en mosaicos, sino también en escultura y en pintura. En Hispania encontramos un ejemplo de este mismo tema en un mosaico de la villa de Carranque en Toledo. Cabe destacar la calidad del ejemplar sirio, con un magnífico tratamiento del colorido que aporta un gran realismo a los volúmenes de las formas y de las vestimentas. La escena muestra a la diosa Artemisa en el momento de ser descubierta por Acteón, representado en la esquina superior izquierda y fácilmente identificable por los cuernos que nos hablan ya de su posterior transformación. La diosa se muestra en una actitud púdica, levanta el brazo derecho contra la vista de Acteón, mientras que coloca su mano izquierda en su pierna derecha, tapando, de este modo, parte de su desnudez. El resto de la escena la completan cuatro ninfas, las dos que flanquean a Artemisa son identificadas por sendas inscripciones como ninfas, mientras que las dos de la esquina derecha son una personificación de la fuente y la montaña. En la esquina inferior derecha un ciervo observa la escena como preludio de lo que está por venir. El mosaico forma parte de la escena central del mito que cuenta como Acteón, en plena caza, conduce sus pasos hacía el lugar donde Artemisa -la Diana cazadora romana- tomaba un baño en el manantial de una cueva. Extasiado por la belleza de la diosa, el joven tebano es incapaz de retirar sus ojos del cuerpo desnudo de la divinidad, profanando de este modo la virginidad de Artemisa. La diosa, desprovista de sus armas, decide castigar a Acteón convirtiéndolo en un ciervo y azuzando contra él a la jauría del joven, quién, incapaz de hacerse reconocer por sus propios perros, es despedazado y devorado por ellos. El mosaico se completa con una guirnalda que rodea el emblema a modo de marco, decorada con frutos, hojas y pájaros. Esta guirnalda es única por la incorporación en la composición de varios Attis que la sostienen sobre sus hombros, un tema del que no se conocen paralelos y que supone, por tanto, una innovación siria.

Museo Nacional de Damasco

El Museo de Damasco alberga el último de los grandes mosaicos procedentes de Filipopolis que se recogen en este artículo. Es el conocido como de Ge, Aión y Prometeo (Lám. 5).

Este gran mosaico datado en el S. IV, muestra una compleja composición formada por una veintena de figuras, identificadas con sus correspondientes nombres en griego. En primer plano, y ocupando la posición central, encontramos la figura juvenil de Ge, la gran diosa Tierra o diosa madre, sentada en el suelo con un cuerno de la abundancia en su brazo derecho y un kalathos sobre su cabeza. A su alrededor, cuatro erotes portan cestos con frutas. En un segundo plano, justo detrás de la anterior composición, se representa a Georgia, la Agricultura, y Triptólemo (semidios y héroe, hijo de Ge, que enseñó las artes de la agricultura a los griegos) junto a su buey. En la parte superior central, dos putti derraman el líquido de sus ánforas, rodeados por cuatro cabezas, representación de los cuatro vientos principales (Notus, Euros, Zephyrus y Bóreas). En el extremo inferior izquierdo aparece Aión con la rueda del tiempo, al que representa. Detrás de él, cuatro jóvenes aladas identificadas como tropai, simbolizan las estaciones. En combinación con Aión, el grupo representa el ciclo eterno de la naturaleza que muere con el invierno y renace con la primavera, en clara alusión a la fecundidad de la tierra. Por su parte, el extremo inferior derecho está ocupado por la figura de Prometeo, desnudo y prácticamente de espaldas al espectador, que moldea en barro el cuerpo del primer hombre tal y como cuenta su relato mítico, mientras que es observado por una ninfa, a su izquierda. Detrás de esta escena, podemos ver a Hermes conduciendo a Psyche al cielo junto a Cupido. A su lado aparece una personificación del alma, lo que hizo pensar a Balty que, con la composición de este mosaico se pretendía evocar las discusiones de la escuela neoplatónica. Se trata, por tanto, de un mosaico sumamente complejo, no sólo por su composición y la gran cantidad de figuras, sino también por lo intrincado de su significado, ligado, probablemente a tendencias filosóficas propias del momento de su producción. Es, por ello, un ejemplo paradigmático de ese estatus cultural al que se hacía referencia al principio del artículo y del que tantas muestras nos dan los mosaicos sirios. Entre el resto de los mosaicos que se exponen en el Museo Nacional de Damasco, destaca por su belleza y delicado trazado el conocido como mosaico de Casiopea (Lám. 6).

Procedente de la casa de Casiopea en Palmira, está fechado a finales del S. III o principios del IV y narra el tema del juicio de las Nereidas, tal y como indica el letrero escrito en griego contenido en el propio mosaico. El único fragmento conservado muestra a Casiopea quitándose el manto que la cubre y mostrando toda su belleza. En contraste con las teselas oscuras del manto, el cuerpo de Casiopea parece brillar ante la mirada atónita de las Nereidas, con las que compite en belleza, y de los putti que la rodean. Tan sólo el centauro, a la izquierda de la representación, parece distraído de la escena. Por lo que se conserva del mosaico es evidente que la representación central (o emblema) se desarrollaba en forma circular. Todo él quedaría, a su vez, contenido en un cuadrado cuyos ángulos estarían ocupados por cuatro bustos representando a las Estaciones de los que tan sólo se ha conservado el de la Primavera.

El mosaico de las muchachas músicas del museo de Hama

Como hemos tenido ocasión de comprobar, las escenas mitológicas son relativamente frecuentes en las representaciones musivas del Imperio y particularmente abundantes en el caso de Siria. Mucho más raras en el imaginario de los mosaicos romanos son, sin embargo, las escenas de la vida cotidiana. Para los arqueólogos que nos dedicamos al mundo clásico, los mosaicos son auténticas joyas históricas que aportan información esencial sobre los modos de vida y la ideología de la época en la que se fabricaron. De todos ellos podemos extraer datos fundamentales sobre la vestimenta, la religión, la mitología, la cultura o las costumbres de cada zona. Sin embargo, en excepcionales ocasiones, aparecen obras especialmente valiosas que, debido a su temática, contribuyen a la comprensión de determinados aspectos del pasado que de otro modo serían muy difíciles de conocer. Ese es el caso del mosaico conservado en el Museo de Hama y bautizado, por su contenido, como el mosaico de las muchachas músicas. Datado en el último cuarto del S. IV, se trata, sin duda, de uno de los mejores mosaicos sirios, no sólo por la particularidad del tema, sin paralelos en la musivaria romana, sino también por la calidad de la ejecución, rota, solamente, por algunos errores de perspectiva, especialmente patentes en el dibujo de la mesa y el órgano (Lám. 7). En él se desarrolla una escena única. Seis chicas jóvenes y dos niños, dispuestos en lo que parece ser un teatro, tocan distintos instrumentos musicales. Efectivamente, la música, junto a las cacerías o los baños, debió ser una de las actividades preferidas de los grandes latifundistas del Bajo Imperio. Uno de los aspectos más originales de este particular mosaico sirio lo constituyen las representaciones de los instrumentos musicales. En la mayoría de los casos su uso es bien conocido en Roma, tal y como sucede con la doble flauta o aule, los crótalos, la cítara, la lira o las castañuelas. Más interesante son los dos restantes, el órgano, representado con todo lujo de detalles y, particularmente, la mesa con los platos que una de las muchachas toca con palillos. Se trata éste, de un instrumento musical sumamente raro, que ha sido interpretado como una mezcla de influjos clásicos y elementos orientales y del que tan sólo hay un paralelo representado en una miniatura del Génesis de Vienne, considerada igualmente obra siria. Por supuesto, la selección que aquí presentamos constituye tan sólo una pequeña muestra de una producción mucho mayor, caracterizada por su gran calidad técnica y por la originalidad de sus temas, que rara vez se repiten. Quedan fuera de este artículo, obras tan interesantes como el ciclo de Hércules procedente de la antigua Emesa (hoy Homs) y conservado en el Museo de Maarat al Nouman; los interesantes mosaicos procedentes de Apamea con representación de amazonas -un tema raro en el repertorio de los mosaicos orientales-, Meleagro y Atalanta y el mosaico procedente de uno de los pórticos de la Gran Columnata de la ciudad en el que se representa una caravana de camellos y los trabajos alrededor de una noria. En el Museo de Damasco se conserva el curioso mosaico de las bodas de Pelops e Hipodamia y el de las alegorías femeninas procedente también de Filipópolis. Sin olvidar, por supuesto, el resto de los excelentes mosaicos contenidos en el Museo de Shahba. Todos ellos forman parte de un arte sin parangón, que ha pervivido durante siglos y ha llegado hasta nosotros formando un conjunto impresionante entre los que se encuentran algunos de los más bellos mosaicos romanos del Mundo Romano. Sin duda, un lujo para los sentidos.

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