Durante el trayecto de Hama a Alepo, si uno mantiene la vista en el paisaje podrá distinguir unas peculiares colinas diseminadas a lo largo de la llanura.
No son muy altas ni forman ninguna pequeña cordillera, pero se elevan por encima del terreno con una forma característica de cono truncado. Es inútil buscarlas en las guías o en los mapas como djebel (montaña), pero si aparecen con una expresión geográfica más modesta, la palabra tell, colina en árabe.
Hay muchas en esta zona de Siria y si se tiene ocasión y uno puede acercarse, se empieza a comprender que el visitante no se encuentra ante ningún accidente geográfico natural, sino frente a algo diferente.
Situada en una región donde antes se creía imposible la existencia de alguna cultura digna de mención, el descubrimiento de Ebla reveló hasta qué punto historiadores y arqueólogos estaban equivocados hasta aquel momento, ya que no sólo se descubrió una nueva ciudad, sino que con ella surgió a la luz toda una nueva civilización, la eblaíta, con una lengua, una cultura y una historia completamente desconocidas hasta entonces.
Lo más característico y lo que resalta a simple vista es notar una gran cantidad de fragmentos cerámicos esparcidos por toda la zona circundante a la colina y en ella misma.
En algunos casos, incluso podrá contemplar restos de muros o cementerios islámicos.
Estas pistas habrían de ser suficientes para, por los menos, levantar alguna sospecha, pero si aún no se ha percatado de dónde se encuentra uno, basta con consultar una guía, un libro o tener un buen guía al lado que le explicará que aquello que está pisando son los restos de alguna olvidada ciudad de hace cinco mil años que, con el paso del tiempo, las superposiciones de varias ciudades en un mismo lugar y su abandono posterior, acabaron por convertir palacios, casas, murallas y jardines en un montón de restos de barro en forma de colina.
La nueva civilización de Ebla Este es el caso de Ebla; a pesar de que hoy en día pueda parecer una montaña de barro sin ninguna construcción espectacular y aunque no sea tan conocida como Karnak o Petra, la antigua ciudad de Ebla fue uno de los centros más importantes de todo el Próximo Oriente y Egipto en una época tan remota como el III milenio a.C.
