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Es fácil escribir sobre un lugar donde has sido feliz.
Sus calles, plazas, rincones, forman parte de una geografia idealizada que, a pesar de ya ser sólo recuerdo, pervive en tu memoria con una fuerza extraordinaria.
Esta ciudad sigue acojiendo a sus visitantes con la misma alegría con que lo hacía cuando sólo era un oasis: en la antigüedad las aguas frescas del río Barada permitieron al pie del monte Qassiun la aparición de al- Ghuta, un vergel frondoso de árboles frutales, de sombras amables para las caravanas y los mercaderes, de canales y fuentes, de sus famosas rosas de pétalos de dos colores en un marco bellísimo sólo comparable al paraíso.
Y en gozo de todos los que llegaban a ese oasis nació la ciudad del Sol, Bilad ash-Shams, descrita por los poetas como un Edén, un lugar del que es imposible alejarse sin remordimiento, un lugar donde todo el mundo anhela retornar, donde su aire es alimento, su sombra media vida, una ciudad de deleites infinitos, de felicidad sin par.

El gran viajero valenciano-andalusí de Játiva del siglo XII dijo de ella: “Si hay un paraíso en la tierra, no puede ser otro que Damasco.”
Así mismo el poeta damasceno Arqala ad-Dimashqi al-Kalbi dijo de su ciudad: “Damasco te será un paraíso inacabable, y sus anémonas un in- fierno que no quema.” Y también: “Damasco es un paraíso anticipado para el visitante, con huríes y mozos.
La luna sólo entona a sus cuerdas el canto de la tórtola y el mirlo.” Como muy bien indica el poeta Abu al-Wahsh Saba ibn Jalq al- Assadi “Ojos y nariz jamás se hastían de contemplarla o de aspirar su aroma.”

Y es que Damasco es ahora una ciudad para ser contemplada y aspirada.
Fácilmente un atardecer se puede acceder al monte Qassiun que encierra el antiguo oasis hoy invisible entre los edificios y los inmensos arrabales a sus pies, y desde uno de sus balcones rocosos puede contemplarse la maravilla de la ciudad iluminándose poco a poco hasta convertirse en un mar de luces de colores, con un predominio claro de los fosforescentes verdes de los miles de minaretes que agujean el cielo con menos estrellas de las que hay en la ciudad: como añade Abu al- Wahsh: “Su tierra resplandece como el cielo, y sus flores como estrellas brillantes.
” Entre los recovecos de sus rocas quebradas, es posible visitar la que la leyenda dice ser la primera casa de Adán y Eva, puesto que Damasco presume ser la ciudad más antigua del mundo porque Adán y Eva pasaron en ella su primera noche después de ser expulsados del paraíso. Leyendas aparte, Damasco –o más bien su oasis (al- Ghuta)– se cuenta entre los asentamientos humanos más antiguos del Próximo Oriente, pudiéndose remontar sus estratos excavados hasta el año 9.000 a.C. y rivalizando, pues, con los antiguos vestigios de Jericó, en Palestina.
Pero más que contemplarla, Damasco pide ser aspirada, vivida, paseada con todos los sentidos, y el mejor lugar para entenderla de un solo soplo es el bazar, los zocos, su parte antigua, su corazón. Al-Hamidiye, éste es el nombre mágico sinónimo de callejuelas repletas de tenderos con sus mercancías a la vista, un millón de maravillas, especias, perfumes, alfombras, vestidos, lentejuelas, joyas, juguetes, frutas, libros, músicas, helados, lámparas, ollas, souvenirs, cristales y gente en to- das direcciones comprando, conversando, regateando… Ante este espectáculo, Ibn Juzay de Játiva nos dice claramente qué hay que hacer en ella: “¡Ah, goza de ella mañana y tarde!”

Damasco merece ser aspirada, vivida, paseada con todos los sentidos, y el mejor lugar para entenderla de un solo soplo es el bazar, los zocos, su corazón

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