Palmira es, quizá, el punto álgido del viaje a Siria, como lo son las pirámides en Egipto o Petra en Jordania; pero el viaje a Palmira no es sólo una visita a unas antiguas ruinas, sino que a lo largo de los 240 km. que la separan de Damasco, el viajero tiene la oportunidad de acercarse a ella no sólo en la distancia sino también en el tiempo.
Tras dejar atrás la bulliciosa vida urbana de la capital, uno se adentra en un mundo diferente, el de la estepa síria, llana e ilimitada, cuya monotonía lo acompaña imperturbablemente y, de forma casi hipnótica, le ayuda a retroceder hacia el pasado.
La visión de manadas de camellos salvajes, de rebaños de ovejas y cabras o de tiendas de nómadas que se distinguen durante el recorrido aún hacen más patente esa sensación y hacen pensar en las caravanas que antaño circulaban por estas mismas tierras, en la misma dirección y por la misma geografía que hoy lo hacemos nosotros, cargadas de los más lujosos productos y que, al igual que hoy en día, su objetivo era el mismo: llegar a la fastuosa ciudad, descansar en su rico oasis, disfrutar de los lujos que allí les esperaban y quedarse atónitos ante cada uno de los imponentes monumentos que se encontraban al llegar: arcos triunfales, baños, teatro, tiendas, templos…
En la ruta de las caravanas
Pero Palmira no siempre fue así; las primeras pruebas de un asentamiento en este lugar datan del inicio del II milenio cuando es mencionada en los anales de los reyes asirios o en los archivos de Mari.Sin duda, su fundación en este lugar fue debida a la existencia de un gran y rico oasis de palmeras, de donde proviene su nombre original semítico, Tadmor (palmera) y su versión
clásica, Palmira.
Gracias a ello, este primer asentamiento se convirtió rápidamente en un lugar idóneo de cara al comercio caravanero, ya que unía las rutas de Mesopotamia y la India y China con las del Mediterráneo, conectando con Anatolia y Egipto.
La prosperidad de Palmira y la riqueza conseguida por sus habitantes gracias al comercio caravanero está presente no sólo en la belleza de sus edificios públicos y sus grandes avenidas llenas de estatuas destinadas a su deleite en vida, sino que también queda patente su magnífica fortuna en las tumbas que se construyeron alrededor de la ciudad, originales por su forma y espectaculares por su rica decoración, lo que da una idea de lo que llegaron a poseer en vida.
Las espectaculares ruinas de Palmira reciben a miles de turistas al año atraídos por su belleza incomparable, por su extraordinario estado de conservación y,como no, por el exotismo que desde siempre ha desprendido esta ciudad y la ama de su más ilustre dirigente, Zenobia, la reina de Palmira, una mujer que fué capaz de oponerse al todopoderoso imperio romano y a la que en más de una ocasión se la ha denominado la “Cleopatra Siria”.
Los monumentos de Palmira han parecido las inclemencias del tiempo, el deterioro provocado por el hombre y por las fuerzas de la naturaleza en forma de violentos terremotos y fuertes vientos que erosionan sus históricas piedras. Pero para quien suba al castillo árabe que domina la ciudad y desde allí contemple la imponente silueta de la ciudad, comprenderá que, aunque haga años que las ricas caravanas no circulen por sus calles y que en el teatro no se oigan los aplausos de los distinguidos nobles de la ciudad, Palmira continúa siendo una de las ciudades más espectaculares de la antigüedad clásica.
