Alepo, una ciudad multicultural
Alepo es una ciudad necesaria, un lugar de encuentro que todo visitante en Siria celebra conocer: sus calles, su ambiente apacible, la maravillosa arquitectura de sus casas de estilo otomano, la imponente ciudadela, el bullicio de un zoco antiquísimo y auténtico, sus animados restaurantes y cafés, los fantásticos hammams, el canto de sus almuédanos, el repicar de sus campanas, la cortesía de sus habitantes, la variedad de gentes, lenguas y formas religiosas… Todo nos habla de una ciudad especial y rica económica y culturalmente hablando, donde el viajero descubre otra cara de esta sorprendente, desconocida y todavía injustamente valorada Siria.
Situada en el corazón de una región entre el mar Mediterráneo y la mítica Mesopotamia, Alepo es la capital de la alta Siria, de las montañas que la separan del mar y de las llanuras que la acercan al azulísimo curso de uno de los grandes ríos de la historia: el Eufrates. Señora de un vasto territorio, encrucijada de las añejas rutas caravaneras que comunicaban la alta Mesopotamia con Palestina y Egipto, Alepo evoca nombres de otras ciudades a su alrededor que quedan a su sombra y que se han hundido en el espeso fluir de los siglos del pasado: la antigua Apamea, la sagrada Membij y, sobre todo, la imperial Antioquía, antigua capital de la Siria romana ahora decaída, disminuída, callada y bajo bandera turca. Alepo las gana a todas en antigüedad, pues ya los hititas en el siglo XX a.C. veneraron en lo alto de su colina al dios del viento que todavía sopla amable y fresco en verano en la hora del crepúsculo cual caricia dada con cariño.
La ciudad atraviesa las épocas como un atleta ágil y rápido que gana sus carreras: cambia de manos con la llegada de conquistadores y será a su turno macedonia, romana, persa y bizantina hasta la conquista árabe del año 637. Luego serà turca y se convertirá –después de Istambul y El Cairo– en la tercera ciudad más importante del Imperio Otomano: su elegante ensanche del siglo XIX, con calles rectilíneas, parques y grandes mansiones pertenecientes a las ricas familias dedicadas al comercio, consiguieron que se la considerara y llamara “la París de Oriente”.
Su vocación de liderazgo ya no la abandonará nunca, y en la moderna Siria será la gran capital económica, su potente motor industrial, comercial y financiero.
Su gran prosperidad hizo de ella un mito y desde el siglo XVII los mercaderes europeos –especialmente ingleses, franceses y venecianos– se establecieron en ella montando sus talleres, sus fábricas, sus casas y dando a la ciudad un nuevo aire, una nueva dinámica.
Los barrios de la ciudad nueva, con sus calles arboladas, sus tiendas, sus oficinas, sus restaurantes y hoteles, se unían a la perfección a la vieja ciudad medieval con sus callejuelas estrechas, sus zocos cubiertos, sus caravanserais y los minaretes de sus mezquitas, convirtiendo a la ya magnífica ciudad en una urbe compleja donde lo antiguo todavía se casa con lo nuevo y donde nada es, por lo tanto, imposible.
Quizás por esto, Alepo se ha convertido actualmente en una ciudad ejemplo de la multicultura y de la diversidad y de la tan necesaria tolerancia religiosa: entre su más de un millón y medio de habitantes encontramos un sinfín de credos que hacen de ella un mosaico de religiones, un crisol donde todos los rezos se entrelazan sin choques, sin aristas, sin incomodidades ni conflictos.
Alepo cuenta con una numerosa población cristiana que se compone en parte de refugiados armenios que escaparon del genocidio llevado a cabo por los turcos en 1915. Un paseo por Alepo nos descubre muchos rótulos o indicaciones no sólo en la grácil caligrafia árabe, sino también en la vieja y curiosa escritura armenia, de aspecto menos ligero y condensado. Pero a los armenios hay que añadir otras confesiones cristianas como los griegos ortodoxos, los maronitas, los melkitas, los católicos, los sirios ortodoxos y los caldeos católicos, estos dos últimos grupos todavía rezando y celebrando sus misas en lengua siríaca o aramea.
Alepo, en algunos barrios como Jdeide o Aziziye, es una ciudad cristiana, y un fascinante paseo por sus calles nos descubre que las iglesias y el repicar de sus campanas, aunque sean de
diferentes confesiones, se levantan unas al lado de las otras: a lo largo del zoco as-Suf está la entrada a la catedral armenia de los Cuarenta Mártires, y un poco más al norte, en la Plaza Farhat, está la catedral maronita y el arzobispado melkita, y en calles adyacentes y muy cercanas se encuentran la catedral Católica de San Francisco, la catedral siria ortodoxa, la iglesia griega ortodoxa y la sede de la iglesia caldea. Su población –ya sea ortodoxa, maronita, caldea, melkita, siríaca o armenia– a menudo celebra en común sus fiestas, y los matrimonios entre miembros de las distintas taifas no representan absolutamente ningún problema.
A la variedad de confesiones cristianas, Alepo suma una población –mayoritaria– de musulmanes donde la diversidad también es su característica principal: sunitas, chiítas ismaelitas alawitas y drusos conviven, a pesar de sus diferencias teológicas, en los diferentes barrios sin colisiones. Compartiendo el islam suní con los árabes, cabe contar también con los kurdos, muy numerosos en Alepo puesto que la gran ciudad ha atraído a muchos habitantes del norte del país –de mayoría kurda– para trabajar en sus fábricas textiles.
El corazón de la ciudad árabe es el barrio antiguo, la Mdine, donde se encuentra la Gran Mezquita Omeya que lanza su estilizado minarete cuadrado hacia el cielo, un tesoro que edificó el califa Suleyman (715-717) y en el patio de la cual los cantores del Corán, por una limosna, pueden recitar a los visitantes la bella sura de Luz. Alrededor de la mezquita se alzan los maravillosos zocos –declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

